El acuerdo México-Unión Europea, cuya parte comercial fue acordado el domingo, no es relevante sólo para las dos partes. Tiene un significado político y simbólico que abarca mucho más que a los socios que lo integran. Este diario expuso claramente en su edición del lunes los logros y consecuencias de la aplicación del futuro acuerdo. Más allá de estos puntos importantes, no hay que menospreciar su importancia política.

Para empezar, la conclusión de la negociación comercial permite que se renueve también la vertiente política de nuestra alianza con Europa. Se tratará de un acuerdo global y comprensivo que no se limitará a los intercambios comerciales sino que incluirá un andamiaje institucional tupido que incluye encuentros a distintos niveles, desde la cúpula política hasta la sociedad civil, pasando por reuniones interparlamentarias.

El acuerdo refuerza la reorientación de las reglas del comercio internacional hacia una dirección que no sea solamente la libre competencia como valor supremo y el laissez-faire como método. El acuerdo comercial contiene consideraciones ambientales, laborales y en materia de corrupción. La protección de las áreas geográficas también denota una visión diversificada de la producción agrícola. Los alimentos no son un bien como la maquinaria, los criterios de calidad y de sanidad también deben ser tomados en cuenta. El remplazo del arbitraje de diferencias Estado-Inversor con el nuevo Sistema de Juicios de Inversión tiene una importancia enorme en la misma dirección. Ofrece más certidumbre, más transparencia y menos conflictos de intereses para los panelistas escogidos. Más importante, refuerza la soberanía y el poder de los Estados ante los embates de rivales más poderosos o de multinacionales que en algunos casos logran que se modifiquen leyes destinadas a proteger la salud de los consumidores (por ejemplo, el pleito entre Philip Morris y el gobierno australiano sobre el etiquetado en los paquetes de cigarrillos).

Cierto, los europeos aprovechan el aislacionismo de Estados Unidos para forjar las reglas económicas internacionales a su modo. Pero México no tiene nada que perder y mucho que ganar aceptando estas concepciones sobre gobernanza jurídica mundial más allá del derecho del más fuerte económicamente, calidad de los productos o consideraciones sociales y ambientales. Peor nos hubiera ido si Obama hubiera concluido a tiempo el TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership) con los europeos antes que nosotros. Ahí sí se hubieran fijado reglas más duras para nuestra economía sin nuestra voz ni voto. No hay mal que por bien no venga, y el distanciamiento Europa-Estados Unidos provocado por Trump nos permitió entablar una verdadera negociación con los europeos y firmar un acuerdo con un poco menos de presiones de la principal potencia comercial del mundo.

Quizás nos permite figurar entre los fundadores de un nuevo orden económico y comercial mundial junto con socios importantes, Europa y ya tres socios del TPP 11 (Canadá, Singapur, Vietnam), probablemente pronto Japón y Chile, y posiblemente la India. En resumen, más allá de las ventajas (y costos) del acuerdo con Europa, México confirma su lugar de jugador mundial y de país estratégico y se protege un poco mejor de los caprichos de sus principales socios, Estados Unidos y China.