Acapulco es sitio privilegiado en la geografía del planeta: una gran bahía (Santa Lucía) bordeada de playas doradas; anfiteatro espectacular con montañas cubiertas de bosques tropicales decretados como Parque Nacional; clima perfecto; extensas lagunas y hermosa bahía adyacente (Tres Palos, Coyuca, Puerto Marqués); aguas costeras tibias y transparentes; islas, acantilados y emplazamientos rocosos con vistas impresionantes; ambientes submarinos de gran belleza. En fin, valores paisajísticos insuperables. Más aún, la historia le ha dispensado un apasionante pasado (con la Nao de China), mientras que el jet set internacional, en su tiempo, le otorgó una luminosa aura de prestigio y sofisticación. También posee cercanía envidiable al mercado turístico más grande del mundo (Estados Unidos), infraestructura competitiva (aeropuerto internacional, autopista), un parque inmobiliario formidable y un patrimonio urbano de notable mérito escénico (Acapulco tradicional, Costera Miguel Alemán). Pero Acapulco ha sido probablemente la ciudad peor gobernada de México de manera consistente a lo largo de décadas.

Las playas fueron tomadas por comerciantes informales y changarros malolientes y saturadas de equipamiento improvisado de pésima calidad (Puerto Marqués, Hornos, La Condesa); se cerró el diálogo físico entre la ciudad y el mar al interponerse estructuras baratas y decadentes. Se destruyó la calidad estética de las playas, e incluso algunas de las más valiosas (como Manzanillo) se destinaron a ser un infame depósito de chatarra.

El Parque Nacional El Veladero también fue ocupado ilegalmente en las partes medias y altas del anfiteatro con viviendas precarias; se estropeó el paisaje, se deforestó. Desde ahí escurren desechos humanos y basura hacia la bahía. La ciudad no tiene rastro certificado y se abastece de carne en crueles mataderos clandestinos altamente contaminantes. Las aguas del mar se han contaminado con las aguas residuales de la ciudad; de 21 plantas de tratamiento sólo operan cuatro, en forma deficiente y parcial. Y Acapulco ostenta uno de los peores servicios públicos de agua del país. La basura es ubica en calles, avenidas y carreteras, y se deposita en gran parte en tiraderos a cielo abierto, cuando se recoge.

La zona urbana tradicional de antiguo esplendor fue presa del abandono y la degradación, con construcciones inconclusas, piscinas secas o convertidas en pantanos, casas y edificios ruinosos, mercados inmundos y sórdidos giros comerciales, edificaciones brutalistas y lumpenización de servicios. La Costera Miguel Alemán, hacia donde se orientó el crecimiento, una vez deprimida la zona tradicional, se convirtió en la vialidad vertebral de la ciudad; perdió su atractivo para el turismo de alto nivel; hoteles, discotecas y restaurantes de prestigio huyeron; se pobló de establecimientos comerciales vandalizados, hoteles de mala muerte, predios y edificios abandonados; se asentó un tránsito infernal, y ahora, el Macrotúnel va a desembocar... ¡en la Costera! En Puerto Marqués changarros se apropiaron de la playa, además de haberse desfigurado con infraestructura imperdonable. Desaparecieron turistas y vuelos internacionales.

Pero nadie entendió ni aprendió nada, y la inercia fue abandonar a su suerte al Acapulco tradicional y a la costera (Acapulco Dorado), y saltar más allá, a un Nuevo Acapulco, donde ahora se repite el ciclo: urbanismo de roza, tumba y quema.

¿Tiene remedio Acapulco? Sólo si es rescatado de las garras de sus políticos y se despliega una inteligente y enérgica intervención federal; en el organismo de aguas (Capama); en la regulación del desarrollo urbano; en la recuperación de la ciudad mediante compras, fusiones y expropiaciones de predios para ser reinsertados en el mercado inmobiliario; en la creación de espacios públicos y reconstrucción de la imagen urbana; en la liberación y restauración de playas; y en la seguridad pública. ¿Un comisionado federal? Fonatur podría operarlo, en vez de insistir en nuevos y cuestionables desarrollos turísticos (CIPs).