En la mente de muchos mexicanos siempre cabe la posibilidad de darle la vuelta a la ley o a las reglas cuando parecen absurdas o muy difíciles de cumplir. No hemos aprendido que entre más sencillas sean, más fáciles de aplicar y más claro su beneficio, mayor es la probabilidad de que se cumplan.

La percepción de millones de ciudadanos es que tanto la ley como los reglamentos son selectivos, pues eligen a quiénes premiar y a quiénes sancionar, y no se aplican por igual. Peor aun, cuando se trata de darles la vuelta, prevalece la idea de que, si todos lo hacen, por qué yo no. Entonces quedan pocos incentivos para cumplir, pues la mayoría de las veces se hace por miedo al castigo, no por convicción.

El nuevo reglamento de tránsito de la ciudad de México pone como prioridad al peatón y al ciclista, lo cual es lógico después de cinco ciclistas atropellados en un lapso de 18 días. Quedan prohibidos los insultos y agresiones para evitar una multa de 2,097 pesos. Usar el teléfono móvil está estrictamente prohibido, ya sea para hablar o escribir; quien lo haga, tendrá que pagar 2,446 pesos. Exceder el límite de velocidad costará 1,398 pesos y dar vuelta continua a la derecha implicará un desembolso de 1,398 pesos. Quien se descuide un momento e invada con su vehículo algún paso peatonal y para ciclistas, pagará entre 1,398 y 2,097 pesos, equivalente al pago por una mentada de madre.

¿Realmente servirá todo esto? Consideremos que serán los mismos oficiales de tránsito los responsables de sancionar y poner las multas. ¿Qué nos garantiza que lo harán de manera honesta y transparente, sin buscar una salida fácil para que tanto el conductor como ellos se ahorren el dolor de cabeza y se vayan satisfechos?

Al aumentar las multas, el riesgo aumenta la tentación de las mordidas y la corrupción. ¿Qué límites contempla el reglamento a todo esto? Seamos honestos, si lo que realmente queremos es una nueva cultura vial, empecemos por nosotros mismos. La ciudad de México sigue siendo un caos porque no entendemos que el egoísmo nos paraliza a todos.

La inmovilidad de las calles es reflejo de lo atorados que estamos por dentro, del egoísmo y salvajismo por querer ser siempre los primeros en pasar o en salir del apuro, no importa si hay que arreglarnos con el oficial de tránsito. Ya pagamos muy caro.

Twitter:@armando_regil