1. Es domingo- escribía Salvador Novo una mañana de abril de 1969. “Día de pasarlo en Chapultepec. Y con toda la tribu con mi amá, la vieja, los chavos, mi hermana, mi cuñado y mis sobrinos. Aunque llegamos temprano, tuvimos que parquear en una calzada algo lejos, bajarnos y seguir a pie, que es de lo que se trata. Sin rumbo, donde haya sombrita, para que después bajen las tortas y las cheves, que estarán calientes pero ni modo. Hay harto que ver aquí, la mera. Y muchas diversiones de a oquis.”

Novo, por supuesto, finge ser lo que no es y hablar como no hablaba. Quizá en un intento por acercarse al gran público o destilar algunas gotas de sorna pero, finalmente, con una intención de volver a concentrar la vista de todos los ciudadanos de aquella época –atrapados en las frívolas delicias y sicodélicas alucinaciones de los sesenta- hacia uno de los lugares más bellos y con más historia de la Ciudad de México. Cerro del chapulín, en náhuatl, Colegio Militar en los tiempos más heroicos, jardín particular de presidentes, arboleda llena de aparecidos y leyendas,  el más bello para muchos cuando se adornó de lujos imperiales.

Cuenta la historia que también era abril, el día 10 de 1864, cuando llegó al Castillo de Miramar en Trieste, la comisión de traidores a la República - lo más selecto del partido conservador- para ofrecer al archiduque de Austria y a su esposa Carlota Amalia, la corona imperial de México. Maximiliano aceptó encantado el trono, seguro de  que, como le habían contado, todo el pueblo mexicano  lo necesitaba y se lo pedía. Cuatro días después, el 14 de abril, María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, princesa de Bélgica y  su marido Maximiliano de Habsburgo zarparon de Miramar en la fragata austriaca Novara y desembarcaron en Veracruz un mes y medio después. Una vez instalados, las cosas resultaron asombrosas, totalmente perfectas. Carlota, desde su habitación en el Castillo de Chapultepec, disfrutando el clima y el murmullo nunca antes escuchado de pájaros que jamás había visto, le escribió a su abuela, la reina María Amelia diciéndole: "Soy completamente feliz aquí; y Max también. La actividad nos sienta bien: éramos demasiado jóvenes para no hacer nada”. Los días se fueron entre remodelaciones, decoración, nuevas calzadas y paseos alrededor de su nueva casa.

Sin embargo, y porque ni la corona real quita el dolor de cabeza, el monarca estuvo sujeto a régimen pues sufría de molestias físicas constantes. Cuenta el doctor de Maximiliano en sus Memorias de los distintos remedios, infusiones y tratamientos que debía aplicar al emperador antes de las comidas  y en ayunas. Pero también habla de la vida cotidiana de sus patrones: Maximiliano se levantaba a las cuatro de la mañana y contemplaba desde la terraza del castillo el amanecer. A las siete se tomaba un café en su despacho y después salía, atravesando todas las habitaciones y bajando la gran escalera, hasta donde su caballerango lo esperaba. Una vez en su corcel cabalgaba por todo el bosque hasta las nueve de la mañana. Carlota, en sus andanzas matutinas por el bosque en busca de imposibles flores fue la que encontró, en cambio, “una especie de toscos camafeos” con los rostros estilizados de los emperadores aztecas. Maximiliano, enterado por su mujer de tal descubrimiento, se dio cuenta que no conocía todos los secretos de su bosque pero sus días trascurrían felices entre la Ciudad de los Palacios y los viajes cortos a los alrededores. Mariposas, jarrones y saraos adornaban las horas y los días.

Todavía Carlota, en su locura, se acordaba de cómo habían celebrado en su reino mexicano el día de su santo, el 4 de noviembre de 1865. La celebración había incluido una función especialmente preparada para la ocasión porque era bien sabido que Maximiliano  querría levantar en México el arte dramático de la postración en que se hallaba y ya había designado al poeta español José Zorrilla como director de un teatro que planeaba construir y asegurado que el recinto se inauguraría con una de sus piezas dramáticas. Sin embargo, para la fiesta de Carlota se acondicionó un pequeño salón en el palacio. Aquella noche la música tocó la Fanfare de Rossini, dedicada al Emperador. Cinco minutos después comenzó la representación de la primera parte del drama intitulado Don Juan Tenorio, ejecutado por actores y actrices del Teatro Principal. Concluido el drama, el señor Zorrilla, colocado en medio de los actores, que llevaban ramitos de pensamientos en la mano, leyó una poesía titulada adecuadamente: “Corona de pensamiento,  galantería poética para Su Majestad la Emperatriz”. Terminada la lectura, tejieron instantáneamente, con los pensamientos que tenían en la mano, una corona de flores que el poeta puso en manos de Carlota en nombre del arte dramático mexicano. Tristemente, Maximiliano no tardaría mucho en darse cuenta que desde el momento que había aceptado venir a México no había tenido más que sufrimientos, que la corona de la verdadera nobleza era una corona de espinas y que nunca más miraría los amaneceres de abril desde Chapultepec.

2. Si José Juan Tablada supiera que, por haber nacido un tres de abril se le podría haber descrito como un típico Aries puede que se molestara. Porque también en sus tiempos, creer en la astrología era un signo inequívoco de tonta frivolidad , pero lo más probable es que, poeta al fin, le interesara ( como signo, como símbolo) la idea de que una buena lectura de los astros podría explicar y predecir sus pasos.

En 1900 hizo un viaje a Japón. Puede que se hubiera dado cuenta que la verdadera cuna de Occidente es el Oriente, y su admiración por el ejemplo naturalista de los japoneses le cambió la vida. Observó que la estética de aquel pueblo permitía no una copia, sino una "interpretación plástica" de la naturaleza y a su regreso a México, construyó, con fina arquitectura y sus propias manos, un delicado jardín japonés. También empezó a escribir hai kús, nunca entes presentes en la historia de la lengua española y, eran tan buenos que pudo hablar sencillamente de todo lo sencillo: de la luna (Es mar la noche negra/ la nube es una concha /la luna es una perla); el hongo ( Parece la sombrilla/ este hongo policromo/ de un sapo japonista); la sandía ( Del verano, roja y fría/ carcajada/ rebanada de sandía) y hasta del insomnio( que “en su pizarra negra suma cifras de fósforo”.

Sin embargo, y a pesar de haber logrado proezas literarias como haber sido el premier mexicano que habló con discernimiento del arte prehispánico, el iniciador de nuestra poesía contemporánea, el que dio libertad al uso de la metáfora antes que los Ultraístas, el escritor de poemas ideográficos casi al mismo tiempo que Apollinaire, el que reveló a los futuros "Contemporáneos", el valor de la imagen y un nuevo sentido del paisaje, era un hombre con una cultura vastísima y diversa. Ramón López Velarde, uno de sus mejores amigos, lo describió como “el artista más completo de México”. Tablada le correspondió escribiendo en su obra El Ex voto, un homenaje a la Suave Patria de su amigo: “Y tus metales que juzgaron vanos/ Como engendros de luna, los insanos, / Rindieron oro virgen en mis manos”.

Pero ese calificativo de “artista más completo”, lo había ganado por una sencilla razón: Tablada sabía  el nombre de todas las cosas, comprendía tanto el español como los ideogramas del Oriente, escribía en lenguas prehispánicas pero también en inglés, realizó un importante estudio de micología (todo lo que usted quería saber sobre los hongos) que derivó en acuarelas que él mismo pintó y en un recetario, que guiaba los platillos de su propia mesa. Conocía a los egipcios, los franceses, la Grecia Clásica, la música y toda la  flora y fauna de Chapultepec.

Cuando le preguntaban cómo tenía mente para tantos intereses, suspiraba, respondía que la cultura es un heroísmo de todos los días y repasaba a los poetas escribientes de abril.