Durante los tiempos recientes, el desempeño político de López Obrador se ha dado en la forma de un badajo de campana: vaivenes de un extremo al otro del espectro ideológico en golpeteo alternativo y contradictorio. Esas oscilaciones han tenido su origen, primero, en el lanzamiento de propuestas muy controvertidas y mal implementadas seguidas de intervenciones de rescate del propio AMLO para contener daños y sanar heridas. Pero el saldo de esos movimientos ha sido invariablemente que la contención de daños ha resultado incompleta y el restaño de heridas imperfecto.

Aunque han sucedido otros movimientos pendulares menos escandalosos —como cuando Taibo II instó a AMLO para que expropiara a los empresarios al inicio de su sexenio—, dos han sido los casos más perjudiciales. El primero, con motivo de la muy poco meditada y muy cuestionable cancelación del NAIM y la manera como se decidió. Y segundo, por el reciente muy poco cuidadoso intento para bajar las comisiones bancarias.

¿Cuáles razones han llevado a que en movimiento oscilante AMLO tenga que intervenir para controlar daños y sanar heridas? Son tres. Primera, la falta de experiencia y perspicacia para anticipar las reacciones negativas de los mercados y de los agentes económicos ante propuestas cuestionables y muy mal planeadas. Segunda, las formas seguidas para tomar las decisiones, particularmente defectuosas en el caso de la cancelación del aeropuerto. Tercera, la falta de asesoría con verdaderos expertos para decidir con fundamentos sólidos cada propuesta de reforma. En realidad, la administración de AMLO parece actuar sobre la marcha, con inmenso descuido de formas y fondos, con decisiones a priori tomadas sobre las rodillas, con base en preconcepciones y aun en ocurrencias.

El fenómeno relatado podría terminar no siendo trascendente, convirtiéndose en un mero episodio anecdótico en la historia nacional, si no fuera por el hecho trascendente de que los movimientos oscilatorios de AMLO, tipo badajo de campana, pueden seguir reproduciéndose hacia adelante. Hay el peligro de que puedan seguir ocurriendo y de manera ampliada. Ese peligro está alimentado por un hecho ominoso: ¡AMLO aún no toma posesión! Se acerca su discurso inaugural y con él una gran oportunidad para la reconciliación social y la unidad nacional. Sin embargo, si AMLO decide seguir siendo el candidato de siempre y opta por sus conocidas confrontaciones, los vaivenes del badajo pueden volverse más violentos, anchos y ensordecedores. ¡Ojalá no ocurra, en beneficio de México!

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico