Del discurso me fui, con tremenda taquicardia, al proyecto de nación o plan de desarrollo. A espulgar 415 páginas para encontrar asidero a la variedad de sentencias. La escritora y diputada por Morena, Laura Esquivel, había leído el 20 de noviembre en el Auditorio Nacional varias líneas dedicadas al sector cultural. Con las miras de quien se ve como Secretaria de Cultura, soltó: “La cultura es el eje transversal de toda transformación revoluciona-ria”. Sópatelas.

En encendida narración dijo que “para favorecerla, las emisoras de radio y televisión estatales abrirán sus espacios para la expresión de los artistas locales, se ampliará la cobertura de estos medios, se establecerán convenios para que algunos de ellos se puedan ver y escuchar más allá de las fronteras”. Al pendiente de las fabulosas implicaciones de tales medidas revolucionarias, me encajé en su cuento: “El programa de cultura será democrático, incluyente, pluricultural, abierto a las expresiones del mundo, participativo, que valore nuestra herencia cultural, y proteja nuestro patrimonio histórico, artístico y cultural. Brindará acceso gratuito de internet en escuelas, parques y lugares de encuentro”. Ya vas.

Paralizado por la jauja que se prepara cual asalto al cuartel, leí: “El Estado mexicano dejará de ser un realizador y coordinador de actividades culturales para convertirse en un propiciador, de manera que su papel sea el de impulsar el desarrollo cultural de las comunidades, de los pueblos indígenas, de los barrios urbanos, de las zonas rurales, de las entidades periféricas, y en general, de toda la población mexicana”. 

Acudí entonces a mayor precisión de la andanada: “Se modificará la práctica de ‘llevar la cultura’ a la gente. Lo que se necesita es que se apoye financieramente para el desarrollo cultural de cada pueblo y ranchería, para que puedan generar proyectos culturales dentro de cada comunidad”. ¡Ah jijos, qué asustada estará Maraki!, pensé. Y también sobresaltados sin duda Pepe Toño González, de Hacienda y Guajardo, de Economía con lo que pretende Esquivel vía AMLO: “Se aplicará un criterio para que la sociedad civil dedicada a la cultura, dígase pequeñas librerías, cafés literarios, espacios alternativos, centros culturales independientes, puedan desarrollar su proyecto sin presiones fiscales y con estímulos gubernamentales”.

Miel para mis panes, hasta pensé que estas líneas me las dedicada la legisladora sin poder nombrarme: “Todas las micro, medianas y grandes empresas cuyo objetivo sea la promoción de la cultura en cualquiera de sus manifestaciones: editoriales, museos, centros culturales, etc., tendrán una atención adecuada por parte de los gobiernos locales, estatales y federal”. ¡Me anoto para ser el Ejecutivo de Cuenta de esos programas!

Desesperado por la lejanía que impone llegar al 1 de diciembre del 2018, decidí que esta prosa deberá convertirse en filosofía de la Secretaría de Cultura “LópezEsquivelista”: “La cultura específica de una colectividad implicaría una síntesis original de tres dimensiones: la capacidad creadora e innovadora de la colectividad, su facultad de adaptación y su voluntad de intervenir sobre sí misma y sobre su entorno. En resumen, la cultura hace existir una colectividad en la medida en que constituye su memoria, contribuye a cohesionar a sus actores y permite legitimar sus acciones. En otras palabras, la cultura, socialmente, es determinada y determinante, estructurada y estructurante. Estructuremos una cultura de paz”.

Por horas fui y vine por las 415 páginas del plan de Morena-AMLO. ¡Nada! ¡Ni una palabra que me diera la absoluta certeza de lo enunciado por Laura Esquivel! ¡Protesto! ¡Vuelvan a redactar el documento!

Eduardo Cruz Vázquez

Periodista

En el paredón

Periodista, gestor cultural y exdiplomático, experto en economía cultural, formación de emprendedores culturales y gestores de diplomacia cultural