El 16 de septiembre, Andrés Manuel López Obrador, en el evento realizado en Tepic, con el que arrancó la gira de agradecimiento a sus 30 millones de votantes, por haberlo hecho presidente para el periodo 2018-2024, pronunció un discurso que ha causado preocupación.

Lo que dijo ese día no es un error, como algunos piensan, sino que son las líneas centrales que va a manejar no sólo durante esta gira sino también ya cuando esté en la Presidencia.

Días atrás dijo que unos son los discursos de campaña y otros ya que esté en el gobierno. El de Tepic está en medio de los dos. Ya no es el del candidato que busca votos y tampoco el presidente en funciones.

Es el del presidente electo que durante la campaña, con tal de ganar, prometió todo y ahora, antes de que el 1 de diciembre asuma la Presidencia, tiene que bajar las expectativas de sus electores.

En ese sentido sostuvo, días antes había dicho lo contrario, que el país “lleva 30 años en bancarrota” y que eso impide que se pueda responder a todas las demandas de la población. No hay recursos.

Él solo se compromete a cumplir lo que ofreció en campaña. No existe un texto de compromisos y muchos van a quedar a su interpretación. El propósito es bajar la expectativa de la gente, para regular y disminuir el reclamo.

Y también aseguró que si hay desequilibrios macroeconómicos no será por “culpa del presidente de la República” sino por “circunstancias externas” o “por mal manejo de la política financiera que haga el Banco de México”.

Lo que busca son culpables a quienes pueda responsabilizar si las cosas empiezan a salir mal en su gobierno. De antemano se cura en salud. Sus seguidores van a tener culpables, definidos y claros, a los cuales enfrentarse. Los necesitan.

Al presidente electo, por esas declaraciones, se le puede calificar de irresponsable. Él se mueve en la racionalidad del interés político que implica, entre otras cosas, mantener fiel a su base social. Es lo único que le importa. La necesita en su gobierno.

El discurso de Tepic marca un antes y un después. Atrás quedó la narrativa del candidato y ahora empieza la del presidente que, en este momento, quiere regular las expectativas e identificar culpables.

A lo largo de los últimos 20 años, López Obrador ha demostrado que es un gran comunicador. Con paciencia y constancia construye narrativas que generan enorme simpatía en su base.

Él sabe que el discurso de campaña ya no tiene lugar. Ya no le reditúa nada en términos políticos. Necesita una nueva narrativa. Los ejes de ésta se empezaron a definir en Tepic.

Ese día remató, es parte del nuevo discurso, “está bien que yo quiera ser moderado y no quiera estar echándoles la culpa, vamos a asumir la responsabilidad”.

Y añadió que “no me estoy quejando, es que aun así con eso va a salir adelante el país, porque el pueblo quiere un cambio verdadero”.

Otro eje de la narrativa es que él, a pesar del país que le dejan, lo va a sacar adelante. En ese horizonte su desempeño va a ser heroico. Es el héroe que México esperaba.

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Rubén Aguilar

Asesor Político

Convicciones

Licenciado en filosofía, maestro en sociología y doctor en ciencias sociales por la Universidad Iberoamericana (Campus Santa Fe, México). Tiene estudios de comunicación en el ITESO (Guadalajara, Jalisco) y de desarrollo institucional en el INODEP (París, Francia). De 1966 a 1979 estuvo en la Compañía de Jesús.