Es preocupante que López Obrador siga atrapado en el síndrome del candidato de oposición. Se debería entender, ya de una vez por todas, que esa etapa ya le quedó atrás: nunca más en su vida volverá a ser candidato. Y hacia adelante sólo tiene un sendero: ser presidente. ¿Por qué no asume ya plenamente y en exclusiva ese papel? Tengo para mí —y lo creo con toda convicción— que el secreto para que haga un buen gobierno dependerá de que consiga esa evolución, ese salto ontológico si se quiere. Es decir, que logre trascender de un líder social incansable a convertirse en un estadista. ¡Ojalá así ocurra en beneficio de México y del propio AMLO!

La transformación evolutiva de la que se habla aquí tiene que ser resultado de un proceso muy profundo e individual en los órdenes humano, moral y político. Hay poco que se pueda decir desde afuera sobre él. Sin embargo, sí se puede decir mucho de expresiones concretas y muy importantes que se deben derivar de esa transformación evolutiva. La más trascendental debe ser una voluntad sólida y decidida por cumplir las leyes, la separación de poderes propia del régimen republicano y un respeto también muy estricto a las instituciones autónomas.

Sin lugar a dudas hay ciertos indicios en AMLO que confirman que ha habido en él una superación. Por ejemplo, impedir la reversión totalmente antidemocrática que querían fraguar algunas de sus huestes de los procesos electorales en Puebla y en la alcaldía de Coyoacán. Pero en el otro lado, de repente parece resurgir el candidato desbocado que inopinadamente habla de que México se encuentra sumido en una crisis profunda que sólo han visto sus partidarios más dogmáticos. De hecho, por ahí es otro de los rumbos por donde se debe empezar: por tener un cuidado extremo en las declaraciones, en la retórica presidencial pues.

Como economista quisiera únicamente y con todo respeto, aportar una recomendación: que se mantenga siempre en mente la verdad irrefutable de que los recursos con que se cuenta son implacablemente escasos y que nunca alcanzan para todos los programas que se quieren llevar a cabo y que indudablemente son convenientes en el papel. De ahí la necesidad de, invariablemente, realizar para todos ellos, sin excepción, un balance de beneficios y costos para elegir al más deseable sobre bases de cierta objetividad.

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico