Para la cena del 8 de julio, las listas preliminares sugerían que el presidente Trump se presentaría con al menos 17 invitados ‘externos’ con profundos intereses en el T-MEC. A través de por lo menos 15 CEO y presidentes de compañías de tecnología (Microsoft, Apple, Intel, Visa, Mastercard), del sector automotriz (FCA, Ford, General Motors), de logística/transporte (UPS, Kansas City Southern), de agricultura (ADM), de energía (AES, Sempra) y de gestión de inversiones (Blackrock), el gobierno de Estados Unidos le presentó al presidente López Obrador y su comitiva un grupo de pesos pesados que ven un enorme potencial en México, quizás aún más de cara al pleito comercial con China. Si el T-MEC se respeta e implementa a cabalidad –protegiendo el comercio bilateral, la propiedad intelectual, las inversiones y la integración de las cadenas de valor– estas empresas, que de alguna forma representan a muchas otras, seguramente crecerán en México. Muchas le apostarán más como mercado y varias con multimillonarias inversiones productivas.

Si el medio es el mensaje, el presidente López Obrador y su comitiva mexicana transmitieron una señal diferente. Quizás como reflejo del capitalismo mexicano, el presidente mexicano no llevó a los ejecutivos profesionales de las empresas sino a sus dueños. ¿Los sectores representados? Mucha televisión (Televisa, TV Azteca, Imagen, Multimedios), con un poco de finanzas (Banorte, Value, Financiera Sustentable), y toques de hotelería (Vidanta), construcción (Arquitectura y Construcción) y un conglomerado (Carso).

Haciendo el último a un lado, ¿cuál es la relevancia de este grupo de empresarios para la relación bilateral en general y el T-MEC en particular? Por llevarlos a ellos a cenar, se dejaron fuera a muchos otros que sí tendrían temas sustantivos para tratar con el gabinete comercial de Estados Unidos, Larry Fink, Tim Cook, los CEO de automotrices, empresas agricultoras o cualquiera otra de sus contrapartes. A la cena no fueron nuestros productores de aguacate o tomate, ni nuestras grandes industrias de alimentos, cemento o autopartes, con cadenas de producción plenamente integradas; tampoco fueron nuestros empresarios con corte más global ni nuestros mejores embajadores culturales.

A pesar de la importancia del sector en la relación histórica, diplomática y comercial entre México y Estados Unidos, los directores de Pemex y CFE -dos de las principales empresas mexicanas- no estuvieron ni en la lista oficial del viaje ni en la cena. De acuerdo con la lista previa del gobierno mexicano, ninguna otra empresa mexicana dedicada al sector energético participó. (Carso tiene intereses en el sector, pero no queda claro que, al menos para esa mesa, ni la relación energética bilateral ni las inversiones transfronterizas hayan sido su prioridad). El presidente López Obrador, literalmente, fue a la cena sin energía.

Aquí hay una carga simbólica. Primero sobre la cumbre: ¿cuántos puentes de diálogo y discusión entre los dos países se pueden tender para construir un fuerte y próspero bloque energético norteamericano si del lado mexicano no hay contraparte? Más allá del sector energético, ¿cuál era el objetivo de salir con esta alineación?

Pero hay que ver aún más allá. Los ejecutivos de compañías estadounidenses en la cena tienen una sólida relación de trabajo con el presidente Trump. El presidente Trump tiene el peso para ayudarlos, local e internacionalmente, y ellos a Trump. Cuando alguno de ellos avance hacia México, de alguna forma se acercarán las industrias del país.

La comitiva de empresarios mexicanos se ha vuelto muy cercana al presidente López Obrador. Él ahora percibe en ellos una fuerte vocación social. Con eso cubierto, ¿qué importa el resto del salón, la economía o el continente?

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell