Se reitera aquí, con toda convicción, la idea guía de nuestra entrega de la semana pasada. Don Andrés Manuel López Obrador: su etapa de candidato presidencial, en su peregrinar incansable, ya pasó. Ya pasó y no volverá más. Hacia adelante el único papel que le queda es ser presidente. Y serlo con todas sus implicaciones y responsabilidades. Tengo para mí que la prueba de fuego de esa transformación se dará en la forma en que se decida el futuro del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM).

A pesar de lo que pudiera creerse, este artículo no es a favor de la opción de Texcoco para dicho proyecto. A diferencia, esta nota es en contra del procedimiento que propuso el propio AMLO desde antes de las elecciones para su decisión: mediante una consulta popular. Es una idea malísima en razón de que se trata de una decisión de tipo técnico. El asunto es de mero sentido común: ¿qué idea razonable puede tener 99.99999% de la población sobre tan complicado problema?

Hay que reconocerlo: el argumento de confiar en la infinita sabiduría del pueblo la decisión sobre la localización idónea del NAIM entre Texcoco y Santa Lucía pudo haber sido un muy buen recurso de campaña. ¡Pero la campaña ya se acabó! A mayor abundamiento, la próxima administración debería aprovechar la oportunidad del NAIM para establecer un patrón de política que le puede ser de gran utilidad: que los asuntos de carácter técnico se resolverán con un enfoque apropiado a esa naturaleza. Y desde luego, puede agregarse que en todos los casos se observarán rigurosamente los principios de la transparencia y de la consulta colegiada. ¡Nada se decidirá en lo oscurito y sobre las rodillas!

Sin embargo, con todo el dolor de mi corazón constato que AMLO no confirma aún haber dado ese salto indispensable a convertirse plenamente en estadista. Se aprecia en particular en el tratamiento que sigue dando al caso del NAIM. Así, oscila peligrosamente entre la malhadada “consulta ciudadana” y la necesidad que tiene de ofrecer certeza a los inversionistas en general y en particular a los que han participado en el proyecto de Texcoco. Y las contradicciones se han hecho ya evidentes. ¿Cómo puede ofrecerles a esos inversionistas “completas garantías de que no se van a cancelar sus contratos” antes de que se celebre la consulta? ¡A temblar!

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico