El lunes de la presente semana, ya por la noche, apareció en los medios el próximo secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, para calmar  los mercados después de la tremenda caída sufrida por la Bolsa esa mañana. La ocasión fue aprovechada por el ministro Urzúa para también anunciar la designación del economista Gerardo Esquivel, muy cercano al presidente electo López Obrador, en calidad de subgobernador del Banco de México en remplazo de Roberto del Cueto, de renuncia reciente.

Tal vez Urzúa no se dio cuenta de la profunda contradicción implícita en ambas acciones. La designación de Esquivel para integrar la Junta de Gobierno del banco central no podía, en manera alguna, contribuir a fortalecer la confianza. Para quienes lo conocen, se parece demasiado a la figura de Carlos Tello, con el que seguramente ha tenido contactos en el medio académico. En contraste, su perfil es muy lejano al idóneo en el imaginario Banxico, que es la impronta entrañable de don Rodrigo Gómez que dirigió los destinos de la institución de 1952 a 1970, cuando falleció.

Pero la intervención de Urzúa para restaurar la calma y la designación de Esquivel no parecen del todo desconectadas. En los medios de los economistas ya había empezado a correr el rumor de que, en su afán por buscar fondos desesperadamente para los programas de la cuarta transformación, Esquivel ya les había echado el ojo a las afores e iba sobre sus capitales. Inocentemente, la propuesta se había lanzado en la forma de una iniciativa de ley del Partido del Trabajo. La descalificación de Urzúa fue muy tajante, pero el hecho dejará una secuela que será difícil de erradicar.

Este intento para abalanzarse sobre los recursos de las afores —o sea, sobre los ahorros de los trabajadores para fines de su pensión— es un episodio más de un fenómeno nunca antes visto en México en su historia política: que un presidente empezara a ejercer el poder antes de su toma de posesión. AMLO ya está gobernando desde hace algún tiempo; lo ha hecho de manera descarada, sin pudor alguno frente a la debilidad del gobierno saliente.

¿Pero para qué ha utilizado AMLO este gobierno anticipado y de facto ilegal? La respuesta es de todos conocida: para proponer una serie de proyectos altamente controvertidos, muy mal fundamentados y planteados, y que han motivado una gran incertidumbre internamente y en el exterior. Y la preocupación es todavía mayor en razón de que AMLO aún no toma posesión oficialmente. ¿Qué cabe esperar cuando lo haga el próximo sábado?

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BrunoDonatello

Columnista

Debate Económico