En pocas horas, el presidente Donald Trump ha pasado de criticar a China por el tema del nuevo coronavirus a calificar como “matones” a un grupo de estadounidenses que ha participado en las manifestaciones por la muerte del afroamericano George Floyd en Minneapolis.

El viernes anunció el retiro de su país de la Organización Mundial de la Salud sin esperar los resultados de una auditoría independiente sobre la dispersión de la pandemia, y el mismo día sentenciaba que “cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos” en contra de los estadounidenses.

No se puede vivir en guerra permanente, y mucho menos contra la mitad de la población estadounidense.

El presidente de Estados Unidos está perdiendo la guerra cultural que le diseñó Steve Bannon durante la campaña electoral de hace cuatro años.

La estrategia era dirigida a demonizar a los musulmanes y a retirarse del mundo sin comprender que el mundo está en Estados Unidos, y que el supremacismo, desde la Casa Blanca, dispersa odio en toda la nación, pero debilita a su inquilino.

Trump carece de un discurso nacional porque su personalidad tiende a polarizar. Se trata de un populista cuya retórica revela que, lo que él considera “el pueblo”, representa solo a la mitad de la población.

“Los hilos de nuestra vida cívica podrían comenzar a desmoronarse porque vivimos en una mecha”, afirma el académico Douglas Brinkley al periódico The Washington Post.

Donald Trump ha entrado en una dinámica de problemas multifactoriales que parecen ser sólo resolubles bajo el escenario de su derrota electoral del próximo noviembre.

En el 2020 convergen los problemas raciales de 1968, la pandemia de 1918, la Gran Depresión de 1930 y la recesión del 2008. Todas las crisis en manos del inquilino de la Casa Blanca más inexperto de la historia.

Angela Merkel, la única líder global, avisa que no participará en la reunión del G7 si el anfitrión estadounidense organiza el evento de manera presencial. La alemana le cobra la factura acumulada a lo largo de tres años.

El CEO de Twitter, Jack Doresy, ha pasado de los pellizcos de monja a congelar mensajes de odio al presidente de Estados Unidos. A tuitazos llegó y, al parecer, a tuitazos se irá de la Casa Blanca. “Este tuit incumplió las reglas de Twitter relativas a ensalzar la violencia. Sin embargo Twitter ha determinado que puede ser de interés público que dicho tuit permanezca accesible”, indicó la red social en referencia al siguiente mensaje: “Estos matones están deshonrando la memoria de George Floyd (...) cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos”.

Más de 2,500 personas fueron arrestadas durante el fin de semana y múltiples toque de queda en decenas de ciudades fueron decretados. Ya son seis días de protestas desde que George Floyd fue asesinado por un policía blanco en Minneapolis.

Las últimas palabras de Floyd se han convertido en símbolo frente al racismo: “No puedo respirar”.

El eco ya llegó a Londres, Berlín y Canadá. Futbolistas en Alemania repudian el acto.

El presidente Trump, incapaz de usar un cubrebocas porque desde su óptica representa cierta debilidad, continúa dejando un importante vacío: el discurso de unidad nacional. “Creo que esta noche es una noche MAGA (las iniciales de “Hacer América grande de nuevo”), escribió en Twitter el sábado.

El presidente de Estados Unidos mete el dedo en la llaga del racismo en lugar de colaborar en la cicatrización de la misma. Es algo que parece una distopía política que ocurre en un gran país como lo es Estados Unidos.

Su diferendo con China se agrava y su respuesta ante la muerte de George Floyd no es la que corresponde en un presidente de Estados Unidos.

A tuitazos llegó y a tuitazos se irá.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.