De algún tiempo para acá resulta imposible leer los encabezados nacionales sin cierto pasmo. No importan nuestras preferencias políticas o el crédito y descrédito que nos merezcan las instituciones o los personajes que las conducen y conducirán.

Lo único que nos queda es hacernos preguntas y no olvidarlas cuando nos enfrentemos a las distracciones del siguiente ciclo noticioso.

Por ejemplo: si un candidato fue electo en forma legítima y está a unos días de asumir su cargo, ¿para qué adelantar un ejercicio cuestionable e ilegítimo (marginal a las instituciones que va a representar) como fue la consulta “pública” para el aeropuerto capitalino?

Según las elucubraciones de algunos analistas, lo que buscaba el próximo presidente era enviar un mensaje de ruptura con el statu quo: las cosas no se seguirán haciendo de la misma manera.

Sin embargo, el mensaje termina siendo muy distinto. Dice que las decisiones importantes de su gobierno no se tomarán dentro de la ley. Dice que México no es un país en el que sea confiable invertir. Peor aún, dice que frente a las disyuntivas que enfrentará como gobierno, eludirá la responsabilidad, traspasándola a esa figura indefinible que llama “el pueblo”.

A nuestro país le costó sudor y sangre cimentar los pilares de su sistema democrático e institucional. Uno de sus principios es que se elige a una persona para que sirva a los intereses del país. Se le vota porque se confía que tomará las decisiones en beneficio de la mayoría (o se desconfía en sus contrincantes). Se le vota porque trabajará en un marco institucional (nuestras leyes y Constitución) para ejecutar los proyectos y políticas públicas que el país necesita.

Sin ingenuidad o cinismo. Podemos haber votado por otro proyecto o desconfiar de la clase política, pero eso no cambia su mandato. Una vez que es elegido para un puesto público ya no es líder de la oposición, debe asumir como gobernante y tomar decisiones, dentro de la ley, en favor de todos.

Eludir esa responsabilidad y regresar su peso a la turba es una salida facilona: “¿Tomaron la decisión errónea? No fui yo...”.

Más aún. El espacio de transición entre gobiernos no es el lugar para ejecutar las políticas públicas, ni el momento para sacudir los cimientos institucionales o impulsar las transformaciones de fondo.

No discuto las ventajas de un aeropuerto sobre el otro. Ni el absurdo derroche (disfrazado de austeridad) que implica cancelar una obra ya ejecutada a 30%, sustituyéndola con otra provisional que no soluciona el problema original.

No era el tiempo, ni la forma, para una decisión así. No es bueno ni para el país, ni para la estabilidad económica, ni para inspirar confianza interna o externa a la inversión. No es bueno para el futuro gobierno que se mete en un brete antes de empezar. No es buena para nuestras instituciones democráticas la aparición de consultas chapuceras que no convencen ni a propios ni a extraños. No es bueno para AMLO que enturbia su triunfo incuestionable con un ejercicio apresurado de simulación política.

No sorprende que se haya levantado un amparo frente a la “consulta” y “decisión” anunciada en la conferencia de prensa del lunes.

¿Qué mensaje buscaba enviar el futuro gobierno? ¿Revancha política? ¿Señal de impaciencia? ¿Reflejo de un ego que quiere imponerse a costa de lo que sea? No sabemos si el futuro presidente o el grupo que lo respalda tienen algo que ganar provocando inestabilidad antes de asumir el poder. O peor, si se trata de una preocupante ineptitud para leer la realidad política y económica del país y sus repercusiones en el ámbito internacional.

No se trata de contrastar los proyectos del NAIM y Santa Lucía. Esa decisión, buena o mala, ya la tomó el gobierno actual después de años de análisis, estudios y negociación. Lo mínimo que podíamos esperar del futuro gobierno es que, una vez asumido el cargo, revisara a fondo el proyecto antes de manifestarse al respecto.

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).