Cuando vemos las inflaciones de épocas pasadas, lo más fácil es pensar en los colores partidistas y temer que el retorno del PRI al poder puede implicar también el regreso a las inflaciones destructoras del poder de compra y del patrimonio.

Cualquier persona con más de 35 años debe sentir escalofríos cuando recuerda lo que era, en los 80, tener que pagar diario un precio más alto por prácticamente todo.

Las devaluaciones de la moneda eran una constante y nos acostumbramos a ver al tipo de cambio como un símbolo de la nacionalidad vulnerada por el precio del dólar.

Ni en la banca privada de finales de los 70 ni en la nacionalizada de los 80, era posible conseguir créditos. Los pocos que había se tasaban con unos réditos impagables.

Durante los tiempos de la banca reprivatizada, el libertinaje crediticio preparó el terreno de la siguiente gran crisis que terminó con los préstamos, la estabilidad cambiaria y el incipiente control inflacionario.

Luis Echeverría acabó con los años del desarrollo estabilizador, es quizá uno de los que más daño dejó sembrado en este país. El México de inicios de los 70 fue una vergüenza comparado con el de las dos décadas anteriores.

La falta de controles al poder provocó lo inevitable: que las pobres ideas de un solo hombre acabaran con el esfuerzo de millones. La inflación estable de los años anteriores desapareció para dar paso a una inflación en ese sexenio de 126 por ciento.

Con López Portillo, lo mismo. No sólo arrastró la crisis heredada, sino que se encargó de crear la suya propia.

La administración de la abundancia a la que llamó este frívolo Presidente fue la puntilla para los que habían vivido su infancia con estabilidad económica y marcó a generaciones como la mía, que no supimos lo que es crecer con estabilidad.

Deuda, inflación, recesión, sequía crediticia, devaluaciones, en fin... Y al final, el golpe maestro de la peor de las expresiones de la dictadura perfecta: la nacionalización de la banca. La inflación del lópezportillismo se disparó hasta 418 por ciento.

Miguel de la Madrid llegó con otra formación, pero con poca decisión para hacer lo correcto. Apabullado por los estilos priístas, administró la crisis hasta agravarla. Llegó el momento que, de facto, desde los órganos de control financiero, le fue arrebatado el poder.

Más allá de la escisión del partido hegemónico que dio paso a la formación posterior del PRD, de las entrañas de un sexenio desastroso, con una inflación de 4,031% surgió Carlos Salinas de Gortari.

Este Presidente, de figura frágil y con una educación de élite, ejerció el poder desde el primer día. Logró cambios en la manera de concebir al Estado no con competencia, sino como autoridad reguladora. Cambios incompletos y errores graves que impidieron que el México del Tratado de Libre Comercio de América del Norte despegara.

Tras la convulsión política de 1994, llegó al poder un personaje que pagó en la ruptura con su antecesor el precio de la inexperiencia. Le entregaron el país prendido con alfileres y se los quitó. Salinas de Gortari bajó la inflación, pero la dejó en 142 por ciento.

La crisis de 1995 destruyó el incipiente patrimonio que formaban los mexicanos con el boom crediticio de la banca reprivatizada, que quebró y se convirtió en un problema que hasta la fecha arrastramos en la deuda que se paga.

Pero Zedillo se dedicó a hacer algo bueno. Sentó las bases de una economía financieramente responsable, aunque, al igual que el resto de sus antecesores, olvidó dar a la economía las bases estructurales para poder crecer de manera sostenida. Zedillo, además de dejar el poder en manos de su oposición, dejó una inflación de 225 por ciento.

Una de las mejores decisiones que tomó Vicente Fox fue la designación de Francisco Gil Díaz como Secretario de Hacienda. Posiblemente nadie le explicó a este expresidente que eso de la autonomía sólo aplicaba para el Banco de México, donde despachó excepcionalmente bien Guillermo Ortiz, y le dio autonomía también a su Secretario de Hacienda.

Gil se comportó como un poder autónomo, que si bien fue incapaz de dejar una más sólida base fiscal, sí logró de la mano con el banco central heredar una inflación de 30% en todo el sexenio, lo que destapó el crédito y el crecimiento de muchos sectores sociales. Pero la mejor estabilidad y la mejor inflación la acaban de heredar Felipe Calderón y los suyos, destacadamente Agustín Carstens y su doble cachucha de Secretario de Hacienda y gobernador del Banco de México: 29% de inflación sexenal.

¿Qué pedimos, exigimos, del sexenio de Enrique Peña Nieto? Al menos, una inflación similar a la de Calderón, pero, si se puede, una mucho menor y con crecimiento alto. Por favor.

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