El fin de semana hubo, en muchos países, amplias movilizaciones contra la violencia hacia las mujeres, en particular, contra el feminicidio. Se trata de una lucha global cuyas expresiones locales se tiñen de colores comunes, como el morado del feminismo y el verde de la marea en defensa del derecho al aborto legal. Resuena como grito común “¡Ni una menos!”, porque en Francia, España, Argentina o México la violencia machista representa el mismo peligro y las mujeres sienten el mismo enojo ante la complicidad de las autoridades, la policía, el sistema judicial, las iglesias, y grupos conservadores 

Las feministas salen a la calle con demandas precisas que el Estado desoye porque en el fondo sabe que ellas tienen razón: la violencia machista forma parte funcional de un sistema patriarcal donde el feminicidio y la trata son sólo la punta del iceberg. Así, por ejemplo, en Francia, donde desde fuera puede parecer que el Estado responde mejor a las demandas ciudadanas (que en México u otros países donde privan la simulación o el conservadurismo), las feministas “orgullosas y fuertes” tomaron las calles de las principales ciudades para denunciar el feminicidio, la industria de la pornografía, la relación entre precarización y trabajo sexual, la brecha salarial y el acoso laboral, la violación y la fobia anti-LGBTTIQ. Con pancartas que alertaban que “el patriarcado mata”, o denunciaban el incremento de violaciones y asesinatos de mujeres por sus parejas o exparejas (171 desde enero), o afirmaban que “no hay crímenes pasionales, son feminicidios”, chicas muy jóvenes, feministas experimentadas, personas trans y algunos hombres opuestos al machismo, interpelaron a un Estado cuyas instituciones no responden con la eficacia debida y así, contribuyen a la revictimización y a la impunidad. Si bien los niveles de ésta no alcanzan los de México, la tendencia a invisibilizar las violencias conyugales afecta también a la justicia francesa. 

La palabra feminicidio no ha entrado todavía en el Código Penal francés y quizá no entre enseguida pues no todos los intérpretes de la ley entienden la necesidad de nombrar esta violencia específica. Sin embargo, desde el 2015 está en el diccionario, en respuesta al uso cada vez más común entre las feministas, para referirse al asesinato de una mujer o niña por razones de género, y en particular a los asesinatos cometidos por parejas o exparejas, que en ese país son los más frecuentes. La influencia conceptual latinoamericana y el uso del término “feminicidio” para nombrar estos asesinatos nos habla de una realidad atroz, común, y del poder de “conmoción” del uso político de este vocablo, como ha planteado la profesora Ana María Martínez de la Escalera (UNAM). Feminicidio  ha venido a develar el afán de dominación que subyace a un crimen que algunos trasnochados, allá o aquí, aún pretenden justificar como expresión de un amor loco. 

Lejos de la tibieza que algunas les atribuyeron en el marco del debate sobre el MeToo, las feministas francesas reivindican su propio movimiento, BalanceTonPorc, como precedente de las exigencias que han llevado al gobierno francés a convocar una investigación conjunta y un debate de expertas para reunir propuestas de políticas públicas coordinadas contra las violencias conyugales. Entre otras, se han implementado desde septiembre protocolos para evaluar el riesgo, y medidas como la suspensión a los agresores del derecho de visitar a sus hijos, y la anulación de la autoridad paternal a los feminicidas. Se discute también garantizar la independencia económica de las denunciantes, prohibir la mediación en casos de violencia conyugal  y considerar a los hijos de violentadores como víctimas indirectas a las que se debe reparar el daño. 

En México hay más avances legales pero el Estado sigue actuando sin ton ni son. No entiende que, como apuntan asociaciones francesas y sabemos las mexicanas, la ley no garantiza nada si no se dan cambios integrales que garanticen la igualdad real. 

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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