uince años es mucho tiempo. Y es ahora no sólo oportuno sino imperioso valorar el desempeño de la izquierda como gobierno en la Ciudad de México, con julio de 2012 a la vista.

Quince años son más que suficientes para cambiar y renovar, para crear y dejar una huella indeleble; para que un partido ponga en práctica ideas y aptitudes de gobierno, y desarrolle una visión de ciudad a través de proyectos y políticas tangibles.

Sobre todo si ha concentrado entre sus manos la administración central, el Poder Legislativo y la mayor parte de los gobiernos delegacionales.

En tres lustros de gobierno es posible incidir fuertemente, de alguna manera u otra, en la cultura urbana y en valores cívicos, y en la forma en que los habitantes perciben y se identifican con su propia ciudad. Desde luego, en 15 años es factible transformar y acrecentar los acervos de infraestructura física, así como de capital social y humano, y modificar profundamente, para bien o para mal, la calidad y cobertura de los servicios públicos (agua, drenaje, aseo urbano, manejo de residuos, transporte, servicios de salud). En quince años pueden alterarse claramente las condiciones de competitividad de la urbe frente a otras grandes ciudades del mundo, e identificarse tendencias en corrupción y burocracia, transparencia, vigencia del estado de derecho y cumplimiento de la ley, al igual que en amenidades urbanas y oportunidades de esparcimiento y cultura, y en la generación de empleos formales mediante la atracción y retención de inversión privada y talento humano.

Lo mismo en educación en planteles a cargo del gobierno de la ciudad, en cuanto al desempeño de los estudiantes en titulaciones y pruebas estandarizadas y otros parámetros de calidad y cobertura.

Un lapso de 15 años permite observar derroteros discernibles en seguridad pública y delincuencia, al igual que en los espacios de impunidad para quienes deseen sabotear y extorsionar a la ciudad con plantones y bloqueos ilegales.

Después de 15 años y con un poco de memoria, podemos valorar cambios en el estado general del espacio público (vialidades, pavimentos, aceras, parques, plazas, jardines, estaciones del metro, paraderos, imagen y mobiliario urbano, alumbrado), y en procesos urbanos vitales como el transporte, tanto en su estructura modal como en condiciones generales de movilidad, accesibilidad e integración urbana.

Quince años ofrecen también una ventana enorme para advertir cambios en la estructura espacial de la ciudad, en su eficiencia, densidad y diversidad de usos del suelo, en la vulnerabilidad de los asentamientos humanos ante desastres, y en el estado de sus áreas de conservación ecológica (cobertura forestal, biodiversidad, calidad ambiental, posibilidades recreativas para la población, y ocupaciones irregulares del territorio).

Por supuesto, también, en la conservación y revitalización de centros históricos, y en la calidad del patrimonio arquitectónico antiguo y contemporáneo.

Especialmente, la gestión de las finanzas públicas en la ciudad durante tres lustros es capaz de revelar inequívocamente la calidad del gobierno: el saldo de la deuda y su dimensión relativa a los ingresos propios, la recaudación propia como proporción de los ingresos totales, la puntualidad en el pago a proveedores y contratistas, y la transparencia en el ejercicio del gasto.

El uso de la energía es otro proceso crucial en la ciudad, y fácilmente valorable por medio de tendencias en el consumo de combustibles y de electricidad, de medidas de eficiencia, y de opciones de autoabastecimiento, en particular de fuentes renovables. Sólo esto hace posible dar seguimiento con seriedad al desempeño de la ciudad en cuanto a emisiones de gases de efecto invernadero y políticas climáticas.

Subjetivamente, con ayuda de alguna información y análisis, y a partir de nuestra propia experiencia personal, evidencias y sensaciones, y de la simple observación cotidiana de rubros como los anteriores, todos tenemos una evaluación conclusiva de 15 años de izquierda en el DF. ¿Cuál es?