Cuatro personas están charlando en una esquina: un estadounidense, un ruso, un chino y un israelí. Un periodista se acerca a ellos y les pregunta: “Disculpen, ¿qué opinión tienen de la escasez de carne?”.

El estadounidense le responde: “¿Qué es escasez?”.

El ruso dice: “¿Qué es carne?”.

El chino dice: “¿Qué es opinión?”.

Y el israelí dice: “¿Qué es disculpen?”.

Con esta especie de chiste comienza Start-Up Nation, un libro sobre el milagro económico de Israel, un país que despierta amores y odios por igual, pero que sin duda alguna es ejemplo único de persistencia, valentía, cultura y visión.

Pese a que estamos en la era del Internet, poco conocemos sobre Israel. Para muchos es un país lejano, y cuando en algún momento hablamos sobre éste, reducimos el diálogo a un intercambio ignorante de opiniones políticas sin ningún asidero. ¡Qué lástima!

Start-Up Nation, publicado en el 2011, debería ser un libro de obligatoria lectura en Colombia. Muestra cómo un país, en menos de 50 años, se consolidó como un coloso de la innovación, el emprendimiento y la tenacidad en medio de la adversidad.

En estos momentos de cambio que vive Colombia, deberíamos girar nuestra mirada a lo que han hecho los judíos en Israel. Estudiarlos, detallarlos, estrechar con mucho más ahínco los lazos que ya tenemos con ellos. En resumen, empaparnos de la forma en la que ellos conciben el desarrollo y crecimiento de una nación.

“Uno puede concluir bastante sobre una sociedad analizando la manera en la que sus miembros se refieren a las élites”, escriben los autores Dan Senor y Saul Singer. Los israelíes, por ejemplo, no adquieren una posición de servidumbre frente sus élites. Al contrario, los cuestionan permanentemente, pero no para hacerlos caer, sino como parte de una cultura que cree ciegamente en que todo se puede hacer mejor.

Contrasta esto con la cultura colombiana, en la que el comportamiento de los ciudadanos con las élites raya casi que en la servidumbre. Aquí rara vez se cuestiona al de arriba, y cuando se hace, las consecuencias suelen ser nefastas para el de abajo. Aquí no se toca lo que ya funciona. Deje así.

Allí el fracaso es la base del crecimiento. “Existe una cultura tolerante con los fracasos constructivos o fracasos inteligentes. Sólo así se puede construir una verdadera cultura innovadora. En Israel jamás te halagarán en exceso por hacer bien las cosas, pero tampoco te acabarán de manera tajante por algo que no hayas hecho bien”.

En Colombia debemos comenzar a ser autocríticos. No somos tan buenos como creemos. Crucificamos al que nos cuestiona o no piensa como nosotros. Quizás va siendo hora que contemplemos seriamente salir de la mediocridad.

No es fácil, pero tampoco imposible. Hagámoslo.

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