Durante los últimos meses hemos visto la evolución de las campañas políticas de los precandidatos a ocupar el rango político más alto de nuestro país, una evolución que se resume en un incremento en publicidad, spots de radio y programas televisivos, a través de los cuales cada aspirante trata de difundir su deseo por ser nombrado el candidato oficial de su respectivo partido político.

Dicho proceso continuará con la selección de los candidatos oficiales donde el arranque de las campañas políticas encontrará su clímax, avecinándose una ola de propaganda en todo país que finalizará con la elección del nuevo Presidente de la República.

Este ciclo se repite una y otra vez cada seis años, sin embargo, ¿qué hay detrás de las campañas de cada uno de los candidatos en términos de gasto? La respuesta es sencilla, el IFE aprueba un monto máximo de presupuesto el cual será erogado por cada uno de los partidos políticos.

La cantidad para los precandidatos en estas elecciones es de 167 millones de pesos mientras que la de las campañas de los candidatos oficiales será de 328 millones 608,267 pesos, monto con el que los partidos tratarán, además de promocionar sus prometedoras estrategias para mejorar el rumbo de México, así como difamar a sus opositores exponiendo lo que hicieron o no hicieron a lo largo de su trayectoria política.

Si bien es cierto que en las elecciones pasadas la regulación de las precampañas no existía, el hecho de topar un monto parece un acierto dado el gasto desbordado que se invertía para esta actividad; sin embargo, esto no difumina la percepción sobre la cantidad aprobada ya que ésta resulta absurda e indignante para gran parte de los mexicanos.

Es cierto que los candidatos deben de difundir sus propuestas a la ciudadanía con la finalidad de que conozcamos sus planes y tengamos mayor fundamento para realizar nuestro voto, sin embargo, ¿no sería una campaña más congruente el hecho de ceder unos cuantos millones previos a la elección para resolver algunos de los problemas que aquejan a nuestro país?, ¿no sería mejor en vez de exponer promesas falsas que nunca se llevarán a la realidad, hacer mejoras palpables a la ciudadanía?

Quiero recalcar que esta opción no pretendería comprar votos, al contrario, si se hiciera de manera apropiada, los candidatos podrían mostrar congruencia entre sus propuestas y actos previo a la elección.

¿Por qué si cada uno de estos personajes busca mejoras en México, no empezar desde antes, gane o no la elección? Ojalá que el deseo de muchos mexicanos sobre el fin de estos vicios electorales se concretara en estas elecciones.

*Mónica Hernández Urrutia, maestría en Administración del Tecnológico de Monterrey Campus Toluca.

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