México reluce en el contexto mundial actual por no ostentar un elevado déficit fiscal. Esto es una virtud que se supo atesorar en los últimos gobiernos. Sin embargo, se trata de una condición necesaria, más no suficiente para el desarrollo.

Los problemas de los países del ahora denominado Club Med (Grecia, España y Portugal) se centran en elevado déficit fiscal producto de años de un gasto excesivo combinado con un financiamiento accesible y barato.

Al terminarse éste, con la crisis del 2008, dichos países se vieron en la situación de ostentar una inmensa estructura de gasto e ingresos insuficientes.

En México, llegamos a la crisis con una estructura fiscal inestable, producto de la disminución de la producción de petróleo.

Sin embargo, el tamaño de nuestro déficit público era muy reducido y el monto de endeudamiento muy bajo.

Hay que darle sus méritos a la estructura de estabilidad que, forzado por la etapa postraumática de crisis recurrentes en los años 80 y principios de los 90, instrumentó el gobierno del Presidente Zedillo y fielmente respetaron el Presidente Fox y el Secretario Gil Díaz.

La ley de responsabilidad hacendaria, la autonomía del banco central, el impedimento legal para que el Banco de México financie con emisión de dinero el gasto público, la generación de fuentes a ahorro interno (afores), y otras medidas, son factores que nos tienen como privilegiados en estos momentos.

Es difícil que México sufra un impacto mayúsculo por la crisis de deuda soberana de Europa.

Evidentemente habrá un reacomodo de capitales especulativos en todos los mercados, que moverá las cotizaciones del peso y las bolsas, de eso no parece estar exento nadie.

Lo que viene después es quizás más preocupante. Lo que sigue serán gobiernos y autoridades tratando de resarcir el elevado déficit público; ello implica serias limitantes al crecimiento por varios años hacia delante.

A esto le podemos agregar un sector financiero internacional bastante más acotado por la regulación, que intentará controlar la especulación en los mercados y restringir la toma de riesgos de los intermediarios.

Este espectro sombrío incluye a Estados Unidos, nuestra única fuente de crecimiento por el momento.

Si la economía estadounidense se estanca en tasas de crecimiento muy bajas por varios años, México dejará de registrar el impulso que tanto presumen las autoridades hoy en día.

Lo peor del caso es que nuestra cuenta pública no tiene los recursos suficientes para impulsar más crecimiento por sí sola, sin incurrir en el denostado déficit.

No hay que olvidar que hace apenas un año enfrentamos el prospecto de un déficit mayor y sufrimos sus consecuencias.

Gracias al repunte de Estados Unidos (financiado con el mayor déficit de la historia) y a los aumentos de impuestos que se aplicaron en enero, México empezó a lucir bien, pero eso quizás no sea tan bueno.

El entorno que se avecina exige no sólo prudencia fiscal y monetaria. Si queremos aprovechar la virtud de contar con una situación fiscal que pocos tienen, debemos encontrar más fuentes de crecimiento, para ello sirven las reformas fiscal, laboral, etcétera.

Se necesita un gobierno que tenga recursos para invertir en educación, en infraestructura, en aumentar la competitividad y no sólo uno que se jacte de administrar bien poco dinero.

Con el paso de los años, si no somos capaces de crecer, la disciplina se puede convertir en un maleficio que muchos políticos querrán derruir, ese es el gran riesgo.

Por cierto, terminó el periodo ordinario de sesiones en el Congreso y ahí no parece haber ninguna prisa.

*Rodolfo Campuzano Meza es director de Análisis de Invex. Cualquier pregunta o comentario puede ser enviado al correo:

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