Tuve la oportunidad de estar en España un par de veces a finales de los años 90 y a principios de este siglo. En aquel entonces el país era considerado un ejemplo de despegue económico. El gobierno, en esos tiempos del Presidente José María Aznar, publicitaba su éxito en los medios y en espectaculares con una frase que sentenciaba: España va bien .

Una década después España está sumida en una fuerte recesión y un gran problema de endeudamiento. Hoy, los españoles quisieran ver una publicidad que al menos asegure que España va hacia algún lado.

De manera sintetizada, el problema español no es diferente que el griego o el de otros países con severos problemas de endeudamiento: el gobierno necesita recursos para cumplir con sus compromisos financieros; para conseguirlos, tiene que apelar a las empresas y a la población haciendo fuertes ajustes de gasto y elevando impuestos; ello en medio de la ausencia de crecimiento y de una tasa de desempleo que supera ya 23% de la población activa.

El gobierno español está decidido a instrumentar una austeridad sin precedentes para mantener la credibilidad en torno de su deuda. Los planes contemplan una reducción del déficit fiscal de 5.5 puntos porcentuales del Producto Interno Bruto, algo que pareciera físicamente imposible.

El problema español tiene dos particularidades importantes. La primera es que el gran peso de la deuda no es del gobierno, es principalmente del sector privado, en especial de sus bancos. Una deuda pública que representa 72% del PIB se dispara a 203% del producto si se incluye la deuda privada.

Algunos analistas argumentan que la burbuja inmobiliaria en España aún no ha terminado de estallar; en especial, el valor de muchos activos en poder de los bancos españoles es menor al que reportan. La debilidad de los bancos hispanos se refleja en abruptas caídas de los precios de sus acciones en la bolsa.

Una acción importante para contener la crisis será recapitalizar a las entidades bancarias. Ello tal vez requiera, además de importantes inyecciones de dinero, el encogimiento de un sector que en su momento fue representativo de la expansión ibérica.

La segunda particularidad es más complicada. Muchos tendemos a ver a España como un país homogéneo, cuando en realidad es la integración de 17 comunidades autónomas (incluso financieramente) con rasgos culturales, económicos y burocráticos muy distintos entre sí.

La debacle financiera pública en la península proviene en una buena parte de la autonomía de gestión de estas regiones que ahora se han quedado sin dinero. Nada más dos terceras partes de la desviación que el déficit público tuvo contra el presupuesto en el 2011 provinieron de malos manejos en las llamadas autonomías (gobiernos regionales).

Para meter en cintura las finanzas públicas el gobierno central del presidente Rajoy deberá adquirir un mayor control sobre las autonomías, mismas que determinan incluso partidas importantes en rubros clave como la salud y la educación. El nerviosismo de los mercados no se centra en la capacidad de pago de España tanto como en la posibilidad de un arreglo político que le dé viabilidad.

En España están pagando el precio de acceder a una democracia tan federalizada después de Franco. Y creo que están repensando seriamente tal modelo.

Nos importa. Creo que sí. El verdadero temor, que en lo personal me viene a la cabeza ante un triunfo del PRI, no es que Peña Nieto no cumpla sus compromisos, sino lo contario, que tenga que cumplirlos hacia un grupo basto de gobernadores que lo apoyan en detrimento de la disciplina fiscal. La proliferación de Moreiras puede ser uno de los principales riesgos para la estabilidad en el próximo sexenio. Luego habrá tiempo de hacer mejor este análisis.

*Rodolfo Campuzano Meza es director de Estrategia y Gestión de Portafolios de INVEX. Cualquier pregunta o comentario puede ser enviado al correo: [email protected]

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