Ante la grave situación económica por la que atraviesa la Unión Europea, el Banco Central Europeo finalmente y después de mucho pregonarlo, anunció el jueves pasado a través de su presidente, Mario Draghi, el lanzamiento de un programa de relajación cuantitativa que implica una inyección de liquidez a los mercados a través de la compra de bonos por un monto de 60,000 millones de euros mensuales, que dará inicio el próximo mes de marzo y, de entrada, se espera concluya en septiembre del 2016; sin embargo, Draghi dejo abierta la puerta a que dicho programa pudiera extenderse según se requiera.

La pregunta obligada es si este programa será la solución ante la falta de crecimiento en la UE o no.

La duda surge, ya que son muchos los programas de impresión de billetes e inyección de liquidez que han empleado diversos bancos centrales con el objetivo de que esta liquidez llegue a la economía real, a la gente de a pie, y que con estos recursos pueda reactivarse el consumo; sin embargo, la verdad sea dicha, la liquidez se ha quedado en manos de los inversionistas dentro de los mercados financieros y nunca ha llegado a la gente de la economía real.

Lo anterior simplemente ha venido a significar más canicas para los especuladores, que han generado fuerte volatilidad en los mercados, pero no un despunte económico importante.

Entre los ejemplos destacables se encuentra Japón, que lleva más de una década de estancamiento y a pesar de las fuertes inyecciones de liquidez al mercado realizadas por su banco central, a la fecha no se tienen grandes resultados.

En la economía más grande del mundo se arrojaron carretadas de dinero hasta que se empezaron a ver algunas señales de magro crecimiento económico, que la verdad sea dicha, aún no se pueden considerar como definitivas, y por las que sin embargo, ya se rumora que estarían empezando a planear un cambio de su política monetaria laxa a una más restrictiva, a través de incrementar en algún momento de este año su tasa de referencia.

Hoy, los bancos centrales han dejado de ser un referente de estabilidad y de unidad en el manejo macroeconómico, ya que cada quien está para su cada cual, lo que se ha traducido en mayor volatilidad para los mercados. No hay mejor prueba para lo que digo que lo sucedido hace algunos días en Suiza, en donde su banco central simplemente liberó el franco suizo para que cotice en el libre mercado como una estrategia para desligarse del BCE y del anuncio que finalmente terminó haciendo el pasado jueves, que le habría implicado seguir engrosando su balance.

Mientras unos siguen buscando políticas monetarias hiperlaxas, como el BCE, otros buscan comenzar a hacerlas restrictivas, como es el caso de la Fed.

Aparentemente, a los banqueros centrales se las ha olvidado un pequeño detalle: vivimos en una economía global donde lo que decide uno tiene repercusiones directas en las economías de todos los demás.

No podemos pensar en una recuperación franca de la economía estadounidense, cuando la Unión Europea está al borde de la recesión, cuando China, su segundo socio comercial y también la segunda economía más grande del mundo, se está desacelerando; con Japón, que no logra crecer, y por ahí le sumamos la crisis Rusa, la crisis política que se vive en Grecia y la complicada situación que vive América Latina.

Todo lo anterior hay que aderezarlo con la guerra de divisas que se ha desatado con el fin de atraer capitales a sus países y la guerra por cuotas de mercado que hemos venido viendo en el petróleo.

Si los programas de relajación cuantitativa han funcionado, entonces ¿por qué el FMI le recortó la semana pasada las expectativas de crecimiento a la economía global para este año y el que viene?

El tiempo y sólo el tiempo nos dirá cuál receta era la buena.

Por lo pronto, lo único cierto es que la volatilidad seguirá siendo la constante.

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