WASHINGTON D.C.– Durante su conferencia anual de prensa el 23 de diciembre, el presidente ruso Vladímir Putin clamó contra la ampliación de la OTAN. “¿Cómo reaccionaría Estados Unidos si instaláramos misiles cerca de sus fronteras con Canadá o México?”, preguntó significativamente.

La retórica cada vez más combativa de Putin, junto a la enorme acumulación de tropas en la frontera rusa con Ucrania, sugiere que el Kremlin está preparando una invasión para reincorporar a Ucrania a su esfera de influencia y evitar que ingrese a la OTAN. Europa bien podría estar encaminándose hacia su conflicto interestatal más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial.

Pero la guerra dista de estar predestinada, dados los costos que Rusia podría enfrentar si invade a su vecino. Aunque las fuerzas militares ucranianas aún no están a la altura de las rusas, están en una situación mucho mejor para defender el país que en 2014, cuando Rusia se apropió de Crimea e intervino en la región oriental de Dombás para apoyar a los separatistas prorrusos. La agresión rusa enajenó a la mayoría de los ucranianos, es probable que Rusia enfrente una amplia resistencia popular si intenta apropiarse de una gran parte del país. Putin no solo debiera prever una gran cantidad de bajas, sino también las duras sanciones económicas que Estados Unidos y sus aliados europeos están considerando.

Con las claras desventajas que enfrenta Rusia si opta por la guerra, la diplomacia tiene chances razonables de evitar el conflicto. De hecho, Moscú publicó recientemente una detallada agenda para iniciar amplias negociaciones relacionadas con la seguridad europea. Aun cuando muchas de las propuestas rusas son inviables, Estados Unidos y sus socios europeos parecen dispuestos a participar, y Estados Unidos insinuó que las conversaciones con el Kremlin podrían empezar a principios del año entrante. Para prepararse, los aliados occidentales deben identificar una combinación de castigos y recompensas que torne más atractiva la ruta diplomática para reducir la escalada y, al mismo tiempo, aumente los posibles costos si Putin elige la guerra.

En cuanto a las recompensas, la OTAN debiera brindar al Kremlin la tranquilidad de que no está por integrar a Ucrania ni convertir al país en un puesto de avanzada del mejor armamento occidental. Aunque la agresión y coerción rusas contra su vecino son inaceptables, resulta comprensible su preocupación por la posibilidad de que una Ucrania militarizada ingrese a la OTAN. A las grandes potencias no le gusta que otras potencias golpeen a sus puertas.

De todas formas, el presidente estadounidense Joe Biden y sus contrapartes en la OTAN hacen bien en rechazar las exigencias de Putin para que la OTAN garantice que no ofrecerá la membresía a Ucrania. Después de todo, uno de los principios centrales de la alianza es que los países soberanos deben tener libertad para elegir su alineación geopolítica.

En la práctica, de todas formas, el ingreso de Ucrania a la OTAN no está escrito. Admitirlo no solo provocaría a Rusia, sino que le endilgaría a la alianza la defensa de un país que tiene 1,500 millas (2,414 kilómetros) de frontera con Rusia. Biden ya dejó en claro que la posible inclusión de Ucrania en la OTAN “está en suspenso” y que el envío de tropas de combate estadounidenses a ese país “no forma parte de las opciones”.

Esa realidad crea una oportunidad diplomática. Debido a que el ingreso a la OTAN requiere el consentimiento todos sus miembros, Biden puede asegurar a Putin en forma creíble que no se está considerando el ingreso de Ucrania. Y los miembros de la OTAN pueden ofrecer garantías de que habrá límites cuantitativos y cualitativos al armamento que proporcionen a Ucrania. Mientras tanto la alianza puede, al menos en teoría, mantener su política de puertas abiertas. Esos acuerdos podrían ser insuficientes frente a la exigencia de Putin de una garantía formal, pero debieran alcanzar para calmar sus temores de que Ucrania se convertirá en una guarnición de la OTAN en el frente sur ruso.

Estados Unidos también debiera liderar los esfuerzos para implementar los acuerdos de Minsk, un plan negociado en 2014 y 2015 para poner fin a la intervención rusa en Dombás. Ese acuerdo preveía que Ucrania otorgara cierto grado de autonomía regional a las áreas que hoy están bajo el control de los separatistas respaldados por Rusia. Como contraprestación, Rusia pondría fin a su guerra subsidiaria y Ucrania recuperaría el control de Dombás.

A pesar de todos los esfuerzos de Francia y Alemania —que ayudaron a concretar el acuerdo de Minsk— su implementación no avanzó porque tanto Ucrania como Rusia siguen dándole vueltas al asunto. Washington debiera trabajar junto con París y Berlín para lograr que el proceso de Minsk avance. Aunque Occidente y Rusia probablemente tengan que aceptar sus desacuerdos sobre la anexión ilegal de Crimea, el marco de Minsk engloba la promesa de poner fin al conflicto en Ucrania oriental, que ya costó la vida a más de 10,000 personas.

Si el Kremlin cumple las obligaciones contraídas en Minsk, los aliados occidentales debieran reducir la escala de las sanciones económicas impuestas desde 2014. Y mientras presionan a Ucrania para que cumpla los compromisos que asumió en Minsk también deben presionar al gobierno en Kiev para que implemente medidas anticorrupción. Las políticas ucranianas de bienestar a largo plazo no solo dependen del cese de la agresión rusa, sino también de poner freno a sus oligarcas y limpiar el entorno político.

Finalmente, los aliados de la OTAN debieran aprovechar la oferta rusa para discutir cuestiones más amplias sobre la seguridad europea. La creciente escisión entre Rusia y Occidente la está acercando mucho más a China y eso crea una combinación que envalentona tanto a Putin como al presidente chino Xi Jinpin (pero Rusia es el socio menor y debe sufrir en silencio su incomodidad con la creciente ambición y poder chinos, lo que brinda a Estados Unidos y Europa una oportunidad para atraerla hacia Occidente). El Kremlin debe entender que mejorar sus relaciones con Occidente es una opción, siempre que detenga su comportamiento depredador frente a Ucrania y deje de crear problemas en otros sitios.

Mientras implementa este plan diplomático, Occidente debe enviar señales de que está preparado para imponer sanciones económicas extenuantes si las fuerzas rusas invaden Ucrania. Algunas medidas que forman parte de la agenda son la exclusión de Rusia del sistema de pagos internacionales SWIFT, la aplicación de sanciones a los principales bancos rusos, el desmantelamiento del gasoducto Nord Stream 2 (que une Rusia y Alemania), y la imposición de costos a los oligarcas del círculo más cercano a Putin.

Los aliados de la OTAN también debieran dejar en claro que están dispuestos a reforzar su frontera oriental y a proveer armamentos a la resistencia ucraniana en caso de una invasión rusa. Putin suele embarcarse en las batallas que puede ganar a bajo costo. Tiene que entender que invadir Ucrania le resultaría extremadamente caro.

Estados Unidos debe liderar un esfuerzo decidido de la OTAN para dar una oportunidad a la diplomacia... y preparar simultáneamente sanciones severas si ésta fracasa. Ese enfoque ofrece la mejor oportunidad para evitar un conflicto en el que nadie saldría ganando.

*El autor es integrante principal del Consejo de Relaciones Exteriores, es profesor de Asuntos Internacionales en la Universidad de Georgetown y autor de Isolationism: A History of America’s Efforts to Shield Itself from the World.