Llegar a una paz completa en cualquier lugar en conflicto es casi un imposible dialéctico, pues hay un devenir interno de tesis, antítesis y síntesis, que siempre estará llevando cualquier situación a un escenario de disputa bajo el esquema vencer para dominar.

Ocurrió un hecho impensable en Colombia hace cinco, 10, 20 y hasta 50 años: en varios puntos de concentración los guerrilleros de las Farc entregaron 7,132 armas, a excepción de 700 que las mantendrán en las zonas veredales para garantizar la seguridad de los guerrilleros allí confinados, hasta su desmovilización final. Este acto, a los ojos de una misión de la ONU que se encargó de dar un informe final, no puede pasar desapercibido y ser mirado con una óptica diferente al hecho en sí mismo de abandono de un alzamiento en armas contra el Estado que llevaba casi 60 años; un paso solo digno de un país civilizado en busca de que una sociedad fragmentada se una frente a la causa superior de vivir mejor y todo a través de unas instituciones sólidas que sean capaces de limar las diferencias que siempre existirán al interior de un mismo país que debe pensar en su futuro.

Ojalá seamos capaces de construir, de avanzar en el mejoramiento social y no seguir anclados en un pasado mezquino lleno de rencores y venganzas. Pero para lograrlo, el país político debe trabajar en fortalecer las instituciones, la eficacia de la justicia, la competitividad de la economía y sacar cada vez más millones de colombianos de la pobreza absoluta.