China es el tercer riel de la economía global, en el que se ha fraguado una sobrecarga eléctrica que lo hace inestable y propenso a producir descargas capaces de alterar los mercados mundiales y sobrecargar sectores enteros.

El 1 de marzo, el presidente Trump anunció su intención de imponer aranceles de 25 y 10% sobre las importaciones de acero y aluminio, respectivamente. Esta maniobra ha representado una amenaza latente desde que Trump presentó su programa America First. Sin embargo, el reciente anuncio causó alarma entre los economistas, los industriales estadounidenses que dependen del aluminio o el acero, socios comerciales de Estados Unidos y miembros del Partido Republicano.

En enero, los precios de bitcoin y otras criptomonedas sufrieron pérdidas a consecuencia de la postura antagónica del gobierno chino, acabando con decenas de miles de millones de dólares en riqueza virtual.

¿Qué tienen el bitcoin y el aluminio (y, en mucha menor medida, el acero) en común? Son conductos eficientes para transformar el exceso de electricidad en algo que se pueda almacenar y exportar.

Desde el 2001, China ha incorporado más capacidad instalada para el desarrollo de energía que el resto del mundo, pues hace años los gobiernos central y locales han priorizado el suministro de electricidad, desde proyectos tan ambiciosos como la presa de las Tres Gargantas (la cual se conectó íntegramente hasta el 2012) hasta centenares de plantas locales de carbón.

China supera a su competidor más cercano (Brasil) en el desarrollo de energía hidroeléctrica, es el líder mundial en energía eólica y solar, y ha superado su objetivo de energías renovables. Sin embargo, sigue quemando pasmosas cantidades de carbón.

Para el 2016, la capacidad de desarrollo de energía de China superaba en 35% su demanda interna de electricidad, según Greentech Media; de hecho, la capacidad supera ampliamente a la demanda en casi todas las provincias. El exceso de generación de electricidad en China es tan vasto que en el 2016 tuvo que desechar al menos 49.7 teravatios-hora de energía eoloeléctrica, más que la generación individual de 20 estados y Washington juntos ese año.

Como parte del último plan quinquenal, el gobierno central ha cancelado la construcción de más de 100 plantas y ha promovido reformas de mercado y de la red eléctrica para distribuir electricidad de manera más eficiente.

De esta manera está reestructurándose la industria para poner fin a lo que Lucy Hornby, del Financial Times, llamó “una carrera mutuamente destructiva para construir nuevas plantas de energía” y finalmente está desmantelando el sistema de cuotas de las plantas generadoras de carbón que garantizaban la rentabilidad y la producción continua , sin importar la demanda efectiva de energía.

La minería de Bitcoin

Intuitivamente no es fácil hallar un lugar hacia dónde dirigir toda esa energía eléctrica. El almacenamiento de electricidad en esta escala aún no es factible y la exportación de electricidad requiere una extensa e impráctica infraestructura. Aunque, ante el exceso de un recurso barato, pero valioso, las empresas y los empresarios de China han respondido creativamente, encontrando formas, a través de la alquimia de la economía global, de convertir la electricidad en yuanes o dólares. Y si no en dólares, entonces en aluminio o bitcoin.

Separar una tonelada métrica de aluminio de sus impurezas requiere aproximadamente 14,500 kilovatios-hora de electricidad, suficiente energía para alimentar una o dos casas estadounidenses durante un año. No han nombrado al metal “electricidad congelada” en vano. A diferencia de la electricidad, el aluminio es fácil de exportar. Basta preguntarle a Liu Zhongtian, fundador y presidente de una de las compañías de aluminio más grandes de China. Liu envió casi 1 millón de toneladas de aluminio de China a México y luego a Vietnam por razones que aún no se han esclarecido, pero que llamaron la atención del Departamento de Comercio.

La producción de aluminio resulta un método práctico para convertir la electricidad en algo duradero y portátil, pero el brote de los mercados de criptomonedas originó un método aún más eficiente.

Las bloques de bitcoin se producen haciendo cálculos cada vez más complejos con procesadores de computadora que consumen mucha energía. Los mineros de bitcoin y otras criptomonedas podrían requerir hasta 140 teravatios-hora de electricidad en el 2018 para validar las transacciones de la red, alrededor de 0.6% del total mundial.

En escala global, estos cálculos consumen el equivalente a la producción de entre uno y tres reactores nucleares, de acuerdo con mis colegas Chris Mooney y Steven Mufson. En China, los mineros lo hacen a bajo precio, empleando la energía hidroeléctrica o al amparo de acuerdos turbios con plantas de energía locales.

A principios de enero de este año, cuando el gobierno chino embistió la producción de criptomonedas, los mineros chinos aportaban alrededor de las tres cuartas partes de la producción mundial y un mínimo de un quinto de las transacciones totales de la moneda. Las otrora boyantes criptomonedas se desinflaron con la noticia de la ofensiva del gobierno chino y aún no ha recuperado sus máximos anteriores.

Modelo de negocio

La electricidad no es la única razón por la cual el aluminio de China es más barato, ya que también se beneficia de insumos más económicos a lo largo de todo el proceso productivo, desde el trabajo hasta los minerales. Esa competencia sobrealimentada (y los desequilibrios monetarios internacionales) ha diezmado la industria de aluminio de Estados Unidos: en 1993 había 23 plantas fundidoras de aluminio en operación, en el 2017 quedaban cinco y sólo dos funcionaban a plena capacidad. La desaparición de la industria del aluminio y el acero, otro metal que requiere una elevada intensidad eléctrica, impulsaron al presidente estadounidense a percutir los primeros disparos de una guerra comercial.

Esta reacción es un daño colateral del impulso perfectamente lógico de China para impulsar la mayor revolución industrial de la historia, haciendo todo lo posible para proporcionar energía barata a sus empresas.

Estamos ante los primeros signos de un futuro en el que el almacenamiento de electricidad será posible a escala nacional, pero por ahora sigue siendo un recurso voluble, que fluye o se evapora, distendiendo la economía global de maneras devastadoras e hipnóticas.