Gran parte de la campaña presidencial del 2012 ya está en el pasado, pero las preguntas claves son: ¿quién podría liderar mejor el país durante los próximos cuatro años? Y lo más urgente, ¿quién es más probable que logre poner al gobierno en una posición financiera más sólida?

Esa segunda pregunta tendrá su respuesta tan pronto se cuenten los votos. En ausencia de cualquier acción, una serie de aumentos de impuestos y recortes de gastos entrará en vigor el 1 de enero, los que podrían lanzar al país a la recesión. Éste será un momento de riesgo, pero también de oportunidades. En la medida en la que el Presidente electo navegue a través de esto, determinará en gran parte el éxito de su Presidencia y la salud de la nación.

El presidente Barack Obama está mejor posicionado para ser dicho navegante que es su rival republicano, el exgobernador de Massachusetts, Mitt Romney.

Llegamos a esa determinación con los ojos abiertos ante las decepciones propias del periodo de Obama en el cargo. Él no terminó, como prometió que lo haría, con nuestra evasión crónica para tomar decisiones difíciles en materia fiscal. Pero el señor Obama está comprometido con el único enfoque que puede tener éxito: un equilibrio entre la reforma de prestaciones y aumentos en los ingresos. Romney, por el contrario, ha abrazado la ilusoria ideología de su partido que los impuestos siempre pueden bajar, pero nunca subir. En ese camino se encuentra un futuro en el que los pagos de intereses desplazan a todo lo demás que un gobierno debe hacer, desde la defensa de la nación, el cuidado de sus pobres y enfermos hasta invertir en sus hijos. El futuro que plantea el señor Romney también es uno en la que una parte cada vez mayor de la riqueza de la nación reside con los millonarios del país, en momentos en que la desigualdad crece cada vez más.

Aun al admitir la importancia de la cuestión fiscal, se podría hacer una defensa para el señor Romney si el primer mandato de Obama hubiera sido un fracaso: si el señor Romney fuera más propenso a promover la seguridad de EU y su liderazgo en el extranjero o si hubiera demostrado ser superior en temperamento, capacidad carácter. De hecho, nada de esto es verdadero.

Empecemos con el récord del primer periodo. Nos decepcionó que el señor Obama permitiera las recomendaciones bipartidistas de que su comisión fiscal se marchitara y muriera, y que él y el representante republicano, John Boehner, no lograran sellar un acuerdo fiscal en el verano del 2011.

Pero los vientos económicos y una oposición intransigente explican un poco esto y hacen que los logros sustanciales del primer mandato de Obama sean mucho más impresionantes.

El principal de ellos es el liderazgo del Presidente para ayudar a estabilizar una economía que estaba en caída libre cuando asumió el cargo. Puede ser difícil recordar lo aterrador fue aquella época cuando las finanzas del país estaban cerca del colapso.

Sin tiempo para recuperar el aliento, Obama diseñó y obtuvo la aprobación de una ley de estímulo económico que redujo la pérdida de empleo y ayudó a restablecer la confianza. Él dirigió el rescate de la industria automotriz. Los expertos que puso a cargo de la política económica, en particular el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, navegaron entre la izquierda del Partido Demócrata, que llamó a tomar medidas populistas que habrían sido costosas e ineficaces, y un obstruccionista Partido Republicano, que a veces parecía estar contento de infligir un gran daño al país.

El segundo logro significativo de Obama, la Ley de Atención Asequible, logrará mucho cuando se aplique plenamente para terminar con el escándalo de 45 millones de estadounidenses sin seguro de salud.

Obama favoreció la lucha de los derechos civiles el día en que terminó la discriminación de los militares en contra de los gays y las lesbianas, y declaró su apoyo a los matrimonios del mismo sexo. A pesar de que no pudo defender la reforma migratoria, su Departamento de Justicia se enfrentó al peor hostigamiento de los inmigrantes en los estados gobernados por los republicanos como Arizona y Alabama. Llenó a su gabinete con líderes trascendentes como Hillary Clinton en el Estado y Arne Duncan en Educación.

En el extranjero también hubo éxitos y fracasos. La administración de Obama persiguió vigorosamente a Al-Qaeda y encontró a su líder, Osama bin Laden. Apoyó un levantamiento popular en contra del dictador libio Muammar Gaddafi. Reconoció la importancia de fortalecer a los aliados en Asia contra el acoso chino y abrió las negociaciones comerciales con las naciones asiáticas destinadas a favorecer una alternativa al capitalismo, a menudo corrupto, de China.

Por otro lado, fue vacilante e inconstante en la respuesta a las dos mayores y más inesperadas oportunidades de la política exterior: el levantamiento por la democracia en Irán en el 2009 y la Primavera Árabe dos años después. Obama mantuvo a EU al margen mientras Siria se sumió en una guerra civil, con un costo de más de 30,000 vidas y el surgimiento de un extremismo que podría desestabilizar a media docena de países.

Romney ha criticado tal récord. Pero sus prescripciones de política en Afganistán, Irán y Siria, por citar tres, apenas se diferencian entre sí. Ni él ni su compañero de fórmula tienen experiencia en política exterior. Y sus momentos sin guión de por medio no han inspirado confianza; por ejemplo, al llamar a Rusia el mayor enemigo de EU o protagonizar arranques sin moderación, mientras que Estados Unidos trataba de negociar una salida para un activista de los derechos humanos en China o cuando sus diplomáticos en Medio Oriente fueron objeto de ataques. Romney no ha ofrecido ninguna prueba de que haría un mejor trabajo.

Lo que nos lleva a la tercera prueba: ¿Qué tipo de defensa tiene Romney para sí mismo? Él promete centrarse en la recuperación y la creación de empleos.

Quizás su administración sería más pragmática de los que su retórica de campaña sugiere. ¿Acaso Mitt el moderado ocupará la Casa Blanca?

La triste respuesta es que no hay manera de saber lo que el señor Romney realmente cree. Su expresión de desprecio por 47% de la población parece tan sincera como cualquier otra cosa que hemos escuchado de él, pero eso es sólo una conjetura. A veces ha abogado por una política exterior musculosa al estilo de John McCain, pero en el último debate presidencial se posicionó a sí mismo como una paloma. Antes de que apoyara fervientemente el derecho del feto a la vida, apoyó el derecho de la mujer al aborto. Sus cambios han sido dramáticos sobre los derechos de los homosexuales, los derechos de la posesión de armas, servicios de salud, el cambio climático y la inmigración. Su fea opción por la autodeportación durante las primarias republicanas revela una voluntad de decir casi cualquier cosa para ganar. A veces, todo político cambia de parecer, sería preocupante si no lo hicieran. Pero rara vez un político ha llegado tan lejos con sólo una evidente creencia inmutable: la convicción de su propia aptitud para el puesto.

Así que los votantes se quedan con la pieza central de la campaña de Romney: recortes fiscales que hacen un agujero mucho más grande en el Presupuesto federal mientras empeora la desigualdad económica. Sus afirmaciones de que puede evitar esos efectos negativos, que desafían las matemáticas y se niega a respaldar con propuestas reales, son más insultantes que reconfortantes.

Por el contrario, el Presidente entiende la urgencia de los problemas, así como cualquier persona en el país y se ha comprometido a resolverlos de una manera equilibrada. En un segundo término, trabajar con una oposición, que esperamos sea escarmentada por el fracaso de su campaña en su contra es mucho más probable que su oponente tenga éxito. Eso hace que el señor Obama sea por mucho la mejor opción.