Montevideo. El gobierno español sigue enredado en un galimatías después de cambiar abruptamente su postura respecto de Venezuela.

Tras haber formado recientemente un gobierno de coalición con Podemos de Pablo Iglesias —cuya carrera y partido políticos han sido casi enteramente financiados por el régimen de Venezuela y la teocracia iraní—, el presidente socialista intentaba suavizar su posición frente a la dictadura de Nicolás Maduro.

Pero le ha salido el tiro por la culata.

Las últimas dos semanas han sido un papelón internacional tras otro para la Moncloa y han dejado al descubierto la orfandad de principios del mandatario español al tratar con esa liviandad algo tan vital para el mundo libre como la causa de la democracia en Venezuela.

La idea de Sánchez, a instancias de Iglesias, era ir adoptando poco a poco la línea “dialoguista” del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, algo insostenible para un gobierno europeo a esta altura, después de haber fracasado una y otra vez en Venezuela.

Pronto la realidad le tocó a las puertas. El último patinazo del madrileño fue referirse a Juan Guaidó en pleno hemiciclo del Congreso como “el líder de la oposición”, después de haberlo reconocido durante un año como el “presidente encargado” de Venezuela. Poco antes, se había negado a recibirlo en la Moncloa, cuando Guaidó realizaba una gira internacional en busca de apoyos, durante la que sí fue en cambio recibido por Macron, Merkel y Johnson.

Casi en paralelo, el bochorno mayor: el inopinado encuentro nocturno de su mano derecha y ministro de Transportes, José Luis Ábalos, con la número dos de la dictadura venezolana, Delcy Rodríguez, en el aeropuerto de Barajas.

Rodríguez, como todos los jerarcas del régimen bolivariano, tiene prohibida la entrada a territorio europeo, ni siquiera puede sobrevolar el espacio Schengen. Ábalos cambió de versión por lo menos tres veces y sigue sin dar una explicación clara de por qué acudió a su encuentro con Delcy Rodríguez y luego permaneció varias horas con ella en la sala VIP de Barajas. Pero todo apunta a que habría sido para avisarle que no saliera del predio del aeropuerto y evitar ser arrestada por la policía española, lo que ha dejado al gobierno de Sánchez en la posición más embarazosa.

Tiempo de rectificar

Ahora intenta hacer control de daños enviando a su canciller y otros ministros a decir que su gobierno “reconoce a Guaidó como presidente encargado”. Pero ya es demasiado tarde. A esta altura, la rectificación debe venir del propio Sánchez, no puede seguir escudándose en sus colaboradores. Es algo que sólo puede hacer él, renovando su compromiso inequívoco con la democracia en Venezuela, si realmente quiere poner este asunto a dormir.

Sánchez creyó que podía cambiar la política exterior de España sin que nadie lo notase en un tema tan sensible. Pero además cuesta creer que no haya negociado mejor algo tan básico cuando acordó el gobierno de coalición con Iglesias. Lo que lleva a pensar que no era algo tan importante para él.

La fuerza de los hechos le ha demostrado la gravedad del caso, y rectifique personalmente o no, el mandatario español ya ha tenido que cambiar otra vez de postura frente a Venezuela. A esta altura, parece el vivo retrato de aquello que decía Groucho Marx: “Yo tengo mis principios, pero si a usted no le gustan, tengo estos otros”.