Cuando tenía 19 años, vivía en un cuarto amueblado en el Upper West Side de Manhattan. Mi mesa de cocina era un tina con una cubierta sobre ella. No tenía ducha y el inodoro común estaba en el pasillo. Iba a la universidad de noche, trabajaba en la sala de correo de una compañía de seguros durante el día y ganaba algo así como 48 dólares a la semana. Dada la retórica utilizada en los últimos días, esto me califica para ser el presidente de EU.

Era lo que a veces se denomina: una persona voluntariamente pobre . Pude haberme quedado en casa de mis padres donde me esperaba una habitación.

Sin embargo, lo que más importaba era que yo estaba en la universidad. Me graduaría algún día, conseguiría un trabajo, tendría una esposa, 21 y medio hijos, una casa duplex en los suburbios y viviría el convencional sueño americano. No estaba atascado, estaba forjando mi camino.

Ann y Mitt Romney tuvieron días similares. En su discurso en la Convención Nacional Republicana, Ann se refirió a aquellos tiempos de alegre penuria.

Éramos muy jóvenes. Ambos todavía en la universidad. Había muchas razones para retrasar el matrimonio, y ¿saben qué? Simplemente no nos importó. Nos casamos y nos mudamos a un apartamento en un sótano. Caminábamos juntos a clase, nos repartíamos los deberes del hogar y comíamos mucha pasta y atún enlatado. Nuestro escritorio era una puerta apoyada sobre caballetes. Nuestra mesa del comedor era una tabla de planchar plegable. Pero esos fueron los mejores días . ¡Oh, qué divertido es ser pobre!

Por supuesto, Mitt era el hijo del CEO de una compañía automovilística que se convirtió en el gobernador de Michigan y Ann asistió a la Escuela Kingswood, donde actualmente la colegiatura ronda entre los 28,300 y los 38,900 dólares. Ambos eran ricos. De hecho, ellos vivían gracias a las acciones de la American Motors Corp. que el padre de Mitt, George Romney, les había dado.

El tema del discurso de Ann Romney: Somos como ustedes, resuena en la política estadounidense. Se escuchó en las convenciones no sólo en voz de Ann Romney, sino también en la de Joe Biden, Chris Christie y Michelle Obama. Todos ellos desenterraron a antepasados empobrecidos o se remontaron a sus días de pobreza voluntaria. Michelle Obama recordó que Barack solía recogerla en un coche que estaba tan oxidado, que podía ver el pavimento a través de un agujero en la puerta del lado del pasajero . Por supuesto, esa pareja se graduó en Harvard y Barack Obama abandonó una lucrativa carrera legal para sumergirse en la organización comunitaria.

Romney, por el contrario, se sumergió en las finanzas. Así que la responsabilidad de Ann era demostrar que Mitt podía conectarse con la gente. Bateó y falló. La pobreza, después de todo, no se trata de libreros hechos de tablones y ladrillos, sino de desesperanza total. Los pobres no tienen padres ricos. Los pobres no tienen títulos universitarios. Los pobres a menudo no tienen a un hombre de la casa o, para ser sincero, a veces ni siquiera los hábitos de disciplina y trabajo para salir de la pobreza.

Estados Unidos ahora está ocupado reduciendo su clase media. Los hogares de millones de personas se han inundado. Trabajos han desaparecido y los sindicatos han sido debilitados para que los salarios sean menores, para que las horas de trabajo sean más y la seguridad social sea prácticamente un oxímoron. ¿Qué se siente tener más de 50 años y de repente quedarse sin trabajo? ¿Qué se siente enviar 100 o 500 veces el currículum? ¿Qué se siente utilizar los ahorros de uno en un seguro médico a largo plazo para acabar sumergido en la pobreza?

Ni por un segundo consideré que Ann Romney tiene idea de lo que eso significa. Ésto no tiene nada que ver con la riqueza. Después de todo, los Kennedy eran ricos. También lo eran los Roosevelt. Alguien que aprecia la difícil situación de los pobres no lo habría trivializado con historias cursis de su pretendido pasado. El reto no está en la persona que se ha hundido en tiempos difíciles a quien Mitt y Ann han ayudado ¡Aplaudo eso! Pero la persona totalmente empobrecida, los ancianos viviendo en situación precaria y aquellos que han sido expulsados de la clase media. Ellos también tienen sus historias acerca de comer sobre una tabla de planchar y atiborrarse de pasta y atún enlatado. Sólo que no se trata acerca de su pasado, sino de su presente y, peor aún, de su futuro.