Daniel Ortega estalló de entusiasmo cuando recibió la invitación del entonces presidente electo Andrés Manuel López Obrador para que asistiera a su toma de posesión. Sus reflejos felinos lo llevaron a reservar varias decenas de cuartos del Hotel Emporio de Paseo de la Reforma de la Ciudad de México. Era el momento de “legitimarse” frente al mundo, de salir de la estela autócrata en la que permanecía atrapado desde abril pasado debido a la represión que ordenó en contra de manifestantes.

Por recomendaciones de sus servicios de inteligencia, lo mejor era que se quedara en Managua. Su presencia, junto a la de Nicolás Maduro, prácticamente equivalía a lanzar una  bomba de humo a la ceremonia de juramentación de AMLO. Lo sabía Marcelo Ebrad. No había condiciones. Ser aguafiestas no deja contento a nadie.

La segunda emoción que embargó a Daniel Ortega ocurrió el martes pasado, cuando el subsecretario para América Latina de la Secretaría de Relaciones Exteriores mexicana, Maximiliano Reyes, reveló a senadores que existe la intención de mediar en Nicaragua entre Ortega y la oposición.

Ortega se emocionó y su primera reacción fue avisar a la cancillería mexicana sobre el viaje inmediato de su ministro de Relaciones Exteriores, Denis Moncada.

Ortega canceló el viaje de Moncada.

Posición incongruente

La reacción en Nicaragua sobre la posible mediación mexicana no se hizo esperar:

El excanciller Norman Caldera rechazó de tajo el ofrecimiento de México, señaló que dicho gobierno debe sacar sus manos del país y recordó que el único mediador que se reconoce en Nicaragua es la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN). “No los necesitamos. Aquí ya tenemos mediadores y es nuestra Conferencia Episcopal de Nicaragua”, señaló Caldera al diario La Prensa.

El exrepresentante de Nicaragua ante las Naciones Unidas, Julio Icaza Gallard comentó: “El ofrecimiento de mediación mexicano en el caso de Nicaragua genera todo tipo de suspicacias. Es bien conocida la campaña que ha venido realizando Ortega para demonizar a la Conferencia Episcopal en su papel mediador y el esfuerzo por involucrar a otros actores internacionales, con el objetivo de lograr un diálogo a su medida, siguiendo los pasos y el esquema del fracasado diálogo de los venezolanos”.