Desde que fue juramentado, el presidente Donald Trump ha dado varios discursos (incluyendo un discurso de la Conferencia de Acción Política Conservadora en el que atacó a los medios y un rally de campaña en Florida); una conferencia de prensa en solitario; una entrevista de televisión con ABC News y otra con Bill O’Reilly en Fox News antes del Super Bowl; también ha anunciado varias órdenes ejecutivas y tuiteado una y otra vez. Ha mentido escandalosamente sobre decenas de temas incluyendo los supuestos votos ilegales, su margen de victoria, el tamaño de la multitud en su inauguración, estadísticas sobre la delincuencia y algún tipo de incidente en Suecia.

En repetidas ocasiones demonizó a la prensa y al Tribunal de Apelaciones de los Estados Unidos del Noveno Circuito, que derogó su prohibición de viajar a los musulmanes. Ha prometido cubrir a todo el mundo en el reemplazo de la Ley del Cuidado de Salud Asequible, construir un muro, renegociar el TLCAN, presentar un plan tributario, aumentar el presupuesto de defensa, erradicar al Estado Islámico, y un veto extremo de inmigrantes de ciertos países, en su mayoría musulmanes.

Sin embargo, en casi 40 días no nos ha dicho cuál será la sustancia de ninguna de sus propuestas más importantes y mucho menos de todas. No hemos recibido un plan de salud concreto, un plan tributario, un plan para erradicar al Estado Islámico­, un plan para reconstruir la defensa, ni un reemplazo para su invalidada prohibición de viajes. Sobre las cuestiones internacionales, además de las amenazas salvajes (imponer tarifas sobre China), las aspiraciones genéricas (aumentar el respeto hacia Estados­ Unidos), las fantasiosas promesas (negociar un acuerdo de paz entre Israel y Palestina­) y las críticas a su predecesor (especialmente, en el acuerdo con Irán), no tenemos políticas extranjeras reales en las que se definan los objetivos concretos y los medios para alcanzarlos.

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Todavía tenemos que averiguar, entre otras cosas, cuánto costarán los planes de gastos de Trump y cuánto ingresos se perderán de sus planes de impuestos, cómo va a pagar por ellos, cómo abordará la deuda de 20 billones de dólares o cómo puede cubrir el mismo número de personas que el ObamaCare ha hecho sin los impuestos de ese programa.

Dicho de otra manera, todavía tiene que dar un discurso al estilo presidencial para establecer una agenda alcanzable. Ni él ni sus altos funcionarios de la Casa Blanca parecen entender cómo se desarrolla una agenda presidencial y las políticas concretas (y no es mediante la emisión de una prohibición de viajes a medias ideada por el dúo xenófobo de Stephen K. Bannon y Stephen Miller). Los nombramientos en su gabinete, que podrían ser capaces de hacerlo, no tienen los delegados ni nombramientos inferiores y no saben si sus ideas se sincronizan con las del presidente.

Al igual que el Capitán James T. Kirk en el puente del Enterprise, hay muchas luces, efectos de sonido e histrionismo, pero en la vida real no pasa nada. Es un espectáculo, lo que es adecuado porque Trump es un teatrero por encima de todo y un narcisista furioso que no se preocupa por los detalles de la política, siempre y cuando él reciba aprobación.

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Por lo tanto, es difícil imaginarlo dando un discurso a la sesión conjunta del Congreso al estilo de Barack Obama o Bill Clinton, que tenían listas con políticas para ejecutar­. Nos resulta difícil concebir que pueda detallar los objetivos extranjeros y dar una evaluación realista de nuestro progreso hasta la fecha. Es difícil de llenar el tiempo cuando no tienes mucha sustancia que decir. Creemos que es probable que sea un discurso más corto que la mayoría en los últimos años.

En cuanto al tono, con Trump nunca sabremos si se saldrá del guión para quejarse de la prensa o de la reacción de la multitud.

No importa que tan vigorosamente los publicistas de la Casa Blanca insistan en que es unificador y optimista, su mensaje y su tono invariablemente ha sido oscuro, enojado y temeroso.

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Un reajuste (ese pivote que nos han prometido en varias ocasiones), entonces, sería un discurso con ideas concretas, alguna discusión sobre los medios para alcanzar sus metas, una evaluación realista del país en contraposición a una distopía ficticia y, por último, alguna inspiración genuina. La apuesta segura es que Trump seguirá siendo Trump y por lo tanto decididamente poco presidencial. Por lo tanto, no espere que en un futuro dirá mucho de lo que ya habíamos escuchado.

Jennifer Rubin escribe el blog The Right Turn para The Washington Post.