La semana pasada pasé mi cumpleaños número 24 detenido.

He estado en un centro de detención de migrantes en Tacoma, Washington­, por más de un mes. Eso es un mes alejado de mi familia, un mes más lejos de poder hacer todo lo que pueda para mantener a mi hijo de tres años y una vida del futuro que mis padres desearon para mí cuando me trajeron desde México a los siete. He pasado casi toda mi vida en los Estados Unidos, como niño, como adolescente y ahora como adulto con hijo propio. Este país es mi hogar.

Fui detenido y traído aquí el 10 de febrero, poco más de un mes después de haberme mudado desde Central Valley en California al área de Seattle para encontrar un mejor trabajo para mantener a mi familia. Ha sido difícil mantener una perspectiva positiva. Aquí es gris, y me reservo a mí mismo, excepto por el grupo de oración al que asisto dos veces al día. Para pasar el tiempo, recientemente comencé a aprender a hacer animales de origami que le daré a mi hijo cuando lo vea.

Pero estando aquí, mi mente se acelera. Antes de esto, nunca pensé que terminaría siendo un titular de las noticias o que mi nombre se convertiría en un hashtag en redes sociales. Se suponía que iba a ser de los afortunados. En el 2012, el plan de Acción Diferida por Llegadas en la Infancia (DACA) dio a los jóvenes como yo, que fueron traídos a los Estados Unidos sin autorización como niños, lo que anhelamos más: el estatus legal para vivir, estudiar, trabajar e incluso servir en el Ejército, sin el temor de la deportación.

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El día que fui aprobado para el DACA­ fue uno de los días más felices de mi vida. Sentí que podía dejar de tener miedo y participar plenamente en las increíbles oportunidades que este país tiene para ofrecer. Encontré trabajo recogiendo naranjas en los campos del centro de California cerca de mi casa. Hacía calor, era difícil y sucio, pero estaba feliz de poder trabajar y ayudar a mi familia sin el temor a ser deportado. En el 2013, mi hijo Daniel Jr. nació. Ese niño es mi mundo, y cambió por completo mi vida. Se hizo más importante que nunca construir un futuro estable. Empecé a tomar clases y esperaba conseguir una carrera para trabajar en la reparación de automóviles o la pintura de coches, dos cosas que me encantan.

Suena sencillo, pero es una promesa que se dio a 750,000 personas como yo: que trabajaríamos duro, que mantendríamos a nuestras familias y que viviríamos sin el miedo constante de ser enviados a un país que no conocemos, forzados a dejar a la gente que amamos.

Desafortunadamente, eso fue exactamente lo que pasó cuando los agentes migratorios llegaron a mi departamento después de que arrestaran a mi padre. Yo también fui arrestado, detenido y traído a este centro. Me hice ese tatuaje cuando tenía 18 años para honrar a La Paz, México, la ciudad en donde nací. Los agentes que me interrogaron por horas dijeron que el tatuaje en mi brazo significa que soy miembro de una pandilla porque soy de Central Valley. Allá todos son pandilleros, me dijeron. No pareció importarles cuántas veces les dije que no era pandillero.

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Ni siquiera necesitan tomar mi palabra para ello: el gobierno ya sabe que no soy un miembro de una pandilla. Como todos los dreamers, di toda mi información personal y huellas dactilares al gobierno para calificar para DACA. He sido revisado contra todas las bases de datos estatales y federales. Verificaron dos veces que no tengo antecedentes penales, nunca estuve afiliado a ninguna pandilla y no era una amenaza para la seguridad pública. A pesar de eso, me trataron como si mi condición de DACA y mi autorización de trabajo no significaran nada.

A pesar de lo terrible que ha sido esta situación, en algunos aspectos, sigo siendo uno de los afortunados. Tengo un increíble equipo de abogados que me está ayudando en cada paso del camino. Me han entrevistado aquí en detención y han utilizado nuestras conversaciones para redactar este ensayo para poder contar mi historia al público antes de que me liberen. Tengo el apoyo de mi familia y amigos que no dejarán de luchar por mí hasta que vuelva a casa. Tengo un hijo al que amo y extraño todos los días. Y he recibido un apoyo increíble de la gente en todo el país de una manera que nunca podría haber imaginado. Ahora estoy esperando que el juez decida si puedo ser liberado y si él oirá mi caso en la corte federal.

Tengo la esperanza de que voy a tener un futuro en este país, pero sé que este caso no es sólo acerca de mí. Cientos de miles de dreamers están cuestionando qué tipo de protección ofrece la promesa del gobierno. Si pueden arrestarme y detenerme sin ninguna evidencia, ¿qué pasará con ellos?

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Mis padres me trajeron a los Estado Unidos porque querían para mí lo que todos los padres quieren para sus hijos: una buena oportunidad para la vida.

Los dreamers como yo no estamos pidiendo limosna. Queremos que el gobierno mantenga sus promesas y nos deje contribuir a nuestras comunidades y cuidar a nuestras familias sin enviarnos de regreso a un país que no conocemos. Parte de por qué amo a los Estados Unidos es que acoge a las personas de diferentes culturas y lenguajes. Recompensa a la gente que trabaja duro y ayudan a los demás. Y representa la promesa de un futuro mejor. Ésta es la América que me encanta y la América que espero que estará detrás de nosotros los dreamers.

Daniel Ramírez Medina recibió el estatus legal del plan DACA en Estados Unidos.

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