Helsinki. Trump le clava un puñal a Theresa May e interpreta el papel de prestamista frente a la OTAN. Viaja a Escocia para disfrutar del golf en sus resorts y, de postre, el lunes teatralizará en Helsinki la paz con Rusia hablándole al oído a su alter ego, Vladimir Putin.

En 18 meses Trump no ha podido abrazar públicamente al presidente ruso por tres razones: el 27 de julio de 2016 en un eufórico acto de campaña, el entonces candidato republicano le pidió a Rusia hackear correos de Hillary Clinton junto al Partido Demócrata. Trump no pensó que cuatro meses después ganaría las elecciones presidenciales por lo que, su petición pública al presidente ruso, le regresó en forma de búmeran envenenado el día que entró a la Casa Blanca.

La segunda razón fue la precaria relación diplomática con Rusia que le heredó Barack Obama por las sanciones que este le impuso después de que el FBI le entregara un reporte sobre el hackeo de información durante la campaña electoral.

La tercera razón es clave para la estabilidad de Trump en los próximos meses: la guerra abierta que mantiene contra las agencias de Inteligencia de su país. El 9 de mayo de 2017 el propio Trump la hizo pública al despedir al director del FBI, James Comey.

Trump se hizo rodear durante su campaña de malos conspiradores como lo fueron Paul Manafort, George Papadopoulos, Roger Stone e inclusive, su hijo Donald. Los cuatro dejaron huellas por donde caminaban mientras que el FBI hacía su trabajo.

La elevada apuesta que hizo Trump para confrontar y detener el crecimiento demoscópico de Hillary Clinton lo llevó a tomar decisiones con elevado riesgo pero en un escenario poco probable de ganar las elecciones, al menos durante el inicio de su campaña.

Por ejemplo, en julio de 2017 el FBI detuvo a Papadopoulos en el aeropuerto internacional de Washington Dulles después de haber analizado sus mensajes de correo electrónico con Rusia. Papadopoulos aceptó que mintió al FBI cuando lo requirieron para rendir testimonio al inicio de 2017.

La semana pasada, el fiscal especial que se encarga de estudiar el caso de la posible injerencia rusa en las elecciones, Robert Mueller, le adelantó a Rob Rosenstein, número dos del Departamento de Justicia de Estados Unidos, que en su lista de acusados de haber hackeado información del Partido Demócrata, se suman 12 nombres de funcionarios rusos pertenecientes a la inteligencia militar.

Al hacerlo, el fiscal Mueller se suma como “invitado inesperado” a la cumbre de Helsinki donde Trump y Putin tenían o tienen planeado relanzar la relación entre los dos países, y lo iban a hacer bajo las pautas que el estadounidense utilizó hace algunas semanas para encontrarse con Kim Jong-un.

Mueller, sin estar en Helsinki, intenta romper la fiesta de Trump con Putin enviándole un recordatorio al estadounidense: lo que hizo con Comey y las críticas que ha realizado de manera reiterada en contra de las agencias de Inteligencia, no se olvidan. Podrá quitar a las cabezas de la CIA, FBI y NSA, pero la burocracia de las mismas siguen trabajando.

Trump llegó a Bruselas el pasado miércoles con la información que le entregó Rosenstein sobre la imputación de 12 rusos, bajo el brazo. Está de mal humor. El lunes, veremos si Putin llega a Helsinki de buen humor.