Caracas. Los vecinos están hartos. Durante días no tuvieron electricidad ni agua corriente debido a un apagón nacional. Una mañana de esta semana, apilaron troncos y basura en una barricada improvisada en su barrio de clase media en Caracas y comenzaron a gritar consignas contra el gobierno.

Luego vinieron las motos.

De acuerdo con testigos de esa escena, había al menos 20 motociclistas con sus rostros medio cubiertos con bufandas y con el escape de su vehículo rugiendo a todo lo que da.

Los manifestantes se dispersaron. Pero cuando la gente en los edificios circundantes comenzó a arrojar botellas a los motociclistas, los hombres levantaron sus armas (pistolas y rifles) y abrieron fuego.

“Ahora ni siquiera podemos protestar, porque nos dispararán”, dijo Delia Arellano, de 72 años, una de las manifestantes.

El ataque ocurrió el pasado domingo y es una señal escalofriante de cómo Nicolás Maduro depende cada vez más de los grupos paramilitares mientras se aferra al poder. A estos grupos los llama colectivos.

Esta misma semana, Nicolás Maduro azuzó a los colectivos a que lo defiendan: “Llamo a los colectivos; ha llegado la hora de la resistencia, la resistencia activa en la comunidad”.

Los colectivos no son tan numerosos como las fuerzas armadas de Venezuela: tal vez suman entre 5,000 a 7,500 miembros en todo el país, según Alejandro Velasco, quien ha estudiado a este grupo paramilitar y es profesor de historia en la Universidad de Nueva York.

Los colectivos tienen sus raíces en las fuerzas guerrilleras de inspiración cubana que lucharon contra los gobiernos firmemente anticomunistas de Venezuela en los años 70. Después de ese conflicto, algunos exrebeldes regresaron a barrios pobres decididos a difundir el socialismo a través de actividades comunitarias.

Bajo la revolución bolivariana de Hugo Chávez, el número de estos grupos armados creció. Según analistas, a algunos se les permitía controlar los vecindarios y ejecutar actividades delictivas como el tráfico de drogas y la extorsión a cambio de sus votos.