Bogotá. En un palacio lleno de conspiradores y ladrones, Nicolás Maduro podía contar con la lealtad de un hombre: Manuel Ricardo Cristopher Figuera.

El personaje musculoso de 55 años de edad fue jefe de seguridad de Hugo Chávez, antes, estudió el arte de la inteligencia en Cuba. En octubre pasado llegó a ocupar la cabeza de la policía política, el temido Sebin.

Sin embargo, el 30 de abril, cuando Juan Guaidó intentó sacar a Maduro del Palacio de Miraflores, Figuera emergió como un conspirador. Se fue a Colombia.

El pasado lunes llegó a Estados Unidos armado de acusaciones contra Maduro: negocios ilícitos de oro, células de Hezbolá o la injerencia cubana, entre muchos otros sucesos.

“Estoy orgulloso de lo que hice”, reveló la semana pasada desde una habitación de un hotel en Bogotá.

“Tengo una gran deuda con las personas que todavía están en la cárcel”, comenta. Algunos de ellos “murieron y ni siquiera pudieron ver a sus familiares, esto me rompe”. Figuera contiene las lágrimas.

En febrero, un grupo de empresarios venezolanos, incluido el magnate de medios Raúl Gorrín, se acercó al gobierno estadounidense con un plan: convencer a un círculo cercano de Maduro para que lo traicionaran. Uno de ellos era Maikel Moreno el presidente de la Suprema Corte del país.

Moreno pidió 100 millones de dólares para arrinconar a Maduro a través de la Constitución y quedarse con su puesto.

“Nunca vi la situación del país y la corrupción del gobierno tan cerca como los últimos seis meses”, comenta. “Rápidamente me di cuenta que Maduro es el jefe de una empresa criminal, con su familia involucrada”.