Toronto. Entre los diplomáticos que se reunieron en Toronto durante una reunión de las principales naciones industrializadas, Pavló Klimkin fue un caso atípico.

El canciller de Ucrania representa a un país cuyo Producto Interno Bruto se estima en 93,000 millones de dólares, una cifra sustancialmente inferior a los billones de dólares que caracteriza al PIB de las economías ricas.

Sin embargo, no fue una ocurrencia o accidente el hecho de que Klimkin llegara a la reunión de los diplomáticos del G7 bajo una imagen estelar o que la ministra de Relaciones Exteriores canadiense, Chrystia Freeland, lo haya invitado a él (junto a los demás diplomáticos) a su casa para un disfrutar de un desayuno de waffles y huevos que, por cierto, prepararon sus hijos. La realidad es que la primera sesión de trabajo estuvo dedicada a la interferencia rusa en Ucrania.

El pasado lunes, los ministros de Asuntos Exteriores del G7 acordaron establecer un grupo de trabajo que busque “alertar y actuar frente al comportamiento maligno de Rusia en todas sus manifestaciones”, reveló el secretario de Relaciones Exteriores británico, Boris Johnson, por ejemplo, en temas “de ciberguerra, desinformación, intentos de asesinato o lo que sea”.

Después de lo ocurrido con el comportamiento ruso en Ucrania durante el 2014, el conocido como G8 se convirtió en G7, después de que los integrantes del grupo de las economías más avanzadas (Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón y los Estados Unidos) decidieran expulsar a la nación representada por el presidente Putin.

Freeland, quien tiene estrechos vínculos con Ucrania, diseñó el encuentro para que Ucrania se convirtiera en el centro de atención.

Para Freeland, Ucrania es el ejemplo más claro de la interferencia rusa y una arena donde se juega lo que ella llama el tema definitorio de nuestro tiempo: la democracia contra el autoritarismo.

Freeland es nieta de inmigrantes ucranianos por parte de su madre, creció hablando ucraniano con sus padres y ahora lo habla con sus hijos. Se cree que es la única ministra de Asuntos Exteriores que habla con su contraparte ucraniana en su propio idioma.

Cuando era joven, a principios de la década de 1990, Freeland trabajó como periodista en Kiev, una época de agitación política que le aportó una experiencia que, según ella, le ha servido para desempeñarse actualmente como ministra de Asuntos Exteriores.

“Observar el colapso del régimen comunista en el mundo y los esfuerzos para construir algo en su lugar han moldeado mi pensamiento profundamente”, dijo a un grupo de estudiantes de la Universidad de Toronto a principios de abril.

Freeland se convirtió en una de las críticas más feroces contra el presidente Vladimir Putin. En represalia, Moscú prohibió hablar de ella y mucho menos invitarla o visitarla.

Ser proucraniano en Canadá es políticamente correcto

Como se puede intuir, durante la reunión del G7 Freeland tuvo la oportunidad para llevara a Ucrania al primer lugar de la agenda de la reunión; sin embargo, Rusia no ha dado indicios de que algún día regrese Crimea a Ucrania ni que termine de apoyar a los separatistas en el este de Ucrania.

“Debido a que Rusia no envía muestras de signos de flexibilidad y cambios, tenemos que reforzarles a ellos (ucranianos) y enviar un mensaje a la comunidad internacional de que nuestro apoyo a Ucrania no está disminuyendo”, explicó un diplomático canadiense, que habló bajo condición de anonimato, porque no estaba autorizado a hablar en su nombre.

En Canadá, ser proucraniano revela una política doméstica inteligente. Más de 1.3 millones de canadienses, alrededor de 3% de la población, son de origen ucraniano y muchos siguen de cerca la política del país. La nación tiene un apoyo generalizado entre los políticos.

“Ucrania está con nosotros en Canadá”, dijo John Kirton, jefe del Grupo de Investigación G7, en la Universidad de Toronto. “Chrystia está tan involucrada con la comunidad ucraniana como ningún otro miembro del G7 lo está”.

La cosmovisión sobre Ucrania por parte de Freeland es como un canario en el interior de una mina de carbón, es decir, lo trata de liberar para que vuele sobre una democracia liberal.

“Mucha gente sintió en 1991 que éramos parte de esta hermosa extensión de democracia, derechos humanos y valores liberales en todo el mundo y fue imparable”, expuso en su reunión con estudiantes universitarios. Pero, agregó, la difusión de los valores liberales y las democracias “puede disgustar a muchos”.

Un diplomático canadiense que habló con Klimkin, después de haber tenido la oportunidad de hablar con sus homólogos, dijo que su presencia ayudó a contrarrestar la propaganda rusa de que Ucrania fue olvidada, por lo que había dejado ser noticia de primera plana.

“El amplio apoyo internacional de los jugadores clave reiterado en este formato especial fue significativo para él”, dijo el diplomático. “Es importante no sólo para él y para el liderazgo ucraniano, sino también para la clase política ucraniana en general”.

Al parecer, los diplomáticos que desayunaron waffles y huevos en casa de Freeland salieron contentos por la empatía que generó la diplomática canadiense. Sobre Ucrania, no ha desaparecido de la agenda del G7 como sí lo hizo Crimea de Ucrania.

Ayuda humanitaria

Durante los últimos días del año pasado, Ottawa anunció que destinará 7.75 millones de dólares en ayuda humanitaria a Ucrania.

Por mucho tiempo, Ucrania ha buscado poder comprar armas a Canadá y EU en el marco de su conflicto civil de larga data.

El 22 de diciembre pasado, Freeland fue recibida por el presidente Petró Poroshenko en Kiev, donde el ucraniano agradeció a Canadá por el apoyo en la reforma y la solución de la situación en Donbás. Al parecer, Canadá no dejará en el olvido el conflicto ucraniano.

Lo que es cierto es que el tiempo pasa lentamente y el asunto de Crimea no cambia.