Los inmigrantes no se convertirán en el eje temático de la campaña del presidente Donald Trump a diferencia de hace cuatro años.

El 20 de enero del 2017, durante su discurso inaugural, Trump dijo que su país era una “carnicería”, provocada por “saqueadores extranjeros” que cruzaban la frontera mexicana y no eran otras personas que “violadores” y gente que quería apropiarse de los empleos destinados a los estadounidenses. Ahora, Trump asegura  que la carnicería continúa, pero está en casa.

El discurso que leyó el viernes en Dakota del Sur se convirtió en un mensaje lleno de principios electorales. Durante 42 minutos, el presidente apostó por seguir dividiendo a la sociedad estadounidense bajo un entorno de total incertidumbre por la evolución de la pandemia y las protestas contra el racismo catapultadas por el asesinato de George Floyd el pasado mayo.

Trump ya no criticó a los migrantes sino a grupos liberales internos que están poniendo en riesgo al país. Se tratan de “turbas enojadas” representadas por “fascistas de extrema izquierda” cuyo objetivo es llevar a cabo una “revolución cultural”.

Para Trump, lo anterior lo reflejan los actos violentos representados por el derribo de estatuas de personajes confederados y otras figuras históricas de Estados Unidos.

“Su objetivo no es una América mejor, su objetivo es el fin de América”, señaló el presidente durante su discurso en Monte Rushmore, Dakota del Sur.

“Ahora estamos en el proceso de derrotar a la izquierda radical compuesta por marxistas, anarquistas, agitadores y saqueadores”, aseguró Trump el sábado en la Casa Blanca durante la celebración del día de la Independencia (The Washingron Post).

Trump advirtió de “un peligro creciente” para los valores que heredaron los fundadores del país.