Donald Trump ha tenido dos semanas intensas en el tema de política exterior, particularmente en temas que implican a Corea del Norte, Irán y China. No todo fue desastroso: Corea del Norte liberó a tres estadounidenses secuestrados como un gesto de buena voluntad frente a la cumbre entre los mandatarios Kim Jong-un y Trump del 12 de junio en Singapur. ¡Hurra!

David Brooks, columnista del New York Times, sugirió recientemente que este éxito debería humillar a aquellos de nosotros que pensamos en la política exterior como una actividad profesional que requiere de estudios: “Hay razones crecientes para creer que Donald Trump entiende mucho mejor que las personas que han asistido a nuestras prestigiosas universidades”.

Yo imparto clases en una de esas prestigiosas universidades, así que vale la pena preguntar: ¿La comunidad de la política exterior estadounidense ha subestimado la capacidad de Trump para dirigir la diplomacia basándose únicamente en sus instintos? Como aficionado en el mundo de la política exterior, ¿posee fortalezas que los expertos no poseen?

Es cierto que la completa falta de vergüenza y torpeza de Trump puede darle una ventaja durante negociaciones cara a cara. Sin embargo, su ventaja más obvia como neófito de la política exterior excluye en costo de las decisiones que toma. Hay ocasiones en que un buen análisis de política exterior se parece a los análisis que doctores realizan sobre la morbilidad y la mortalidad en un hospital. Son discusiones largas y en las que se involucra a un grupo de expertos para conocer qué fue exactamente lo que salió mal. Aquellos de nosotros que pensamos largo y tendido sobre la política mundial somos muy conscientes de los peores escenarios posibles.

Trump se libera de la conciencia del fracaso. Esto le ha permitido hacer cosas como ignorar los consejos de expertos y mover la Embajada de su país a Jerusalén haciéndonos creer que su decisión no prenderá fuego en la región.

Trump ha asumido más de media docena de peleas épicas, de manera simultánea, con líderes internacionales.

Tal vez todo esto funcione en el corto plazo, pero la política exterior no sólo se trata de resultados a corto plazo. El largo plazo también importa. Pero este presidente no piensa en esos términos. Todo lo que desea es obtener el mayor número de golpes mediáticos.

Es posible obtener victorias en los medios pero al mismo tiempo acumular derrotas en la política exterior.

Uno aprende cuando se tiene una mano experta en política exterior.

Trump no tiene esa mano.