Managua. Jaime Chamorro, miembro de la dinastía periodística más prominente de América Central, recuerda la primera vez que sintió el enojo del dictador Anastasio Somoza García: cerró el periódico de su familia y obligó a su padre a irse al exilio. “Tenía 10 años”, dijo Chamorro.

Tras 75 años, La Prensa se ha convertido en una leyenda por sus valiosas investigaciones y editoriales, pero sobre todo por su persistencia.

A lo largo de la historia ha sufrido cierres ordenados por gobiernos de izquierda y derecha, uno de sus editores fue asesinado y sus oficinas fueron incendiadas.

En la actualidad, el periódico podría estar enfrentando su mayor amenaza sufrida a lo largo de su historia. “Han cortado nuestro papel de periódico”, refirió Chamorro, el editor, sentado en una oficina repleta de papeles y fotos de su familia.

Desde el pasado mes de octubre, la oficina de Aduanas del gobierno ha retrasado las importaciones de papel de periódico y de tinta de La Prensa, según sus editores. El principal diario de Nicaragua ahora tiene ocho páginas esqueléticas, en lugar de 36.

Si bien es cierto que La Prensa tiene una página web, la mayoría de sus ingresos depende de la venta de su edición impresa.

Si la estrategia de asfixia maquinada por el gobierno continúa, toda la empresa editora podría verse obligada a cerrar. “Ésta es la situación más crítica que hemos vivido en tiempos de paz”, expresó Eduardo Enríquez, editor del periódico.

Daniel Ortega, quien regresó a la presidencia en el 2007 y ha sido reelegido dos veces desde entonces, se ha vuelto cada vez más autoritario.

“El corazón de los medios”

Hoy, el periódico refleja un país dominado por el miedo. En una edición reciente, en su primera página se presentaba un artículo sobre presos políticos y fotografías (video en la página web) que mostraban a la policía disparando gases lacrimógenos contra los manifestantes.

“Guillermo Rothschuh Villanueva, un destacado estudioso del periodismo dijo que un eventual cierre de La Prensa sería “un golpe mortal”.

Jaime Chamorro, de 85 años, trabaja desde una oficina desordenada en un pequeño edificio con sombra de palmeras detrás de la sede de La Prensa. Se mudó allí después de un ataque en 1979, durante los últimos días de Somoza en el poder. “Quemaron todo excepto esto”, dijo Chamorro.