Algunos estadounidenses se preguntan: ¿Qué pasa con Internet? ¿Puede regresar el fascismo? En efecto, ambas preguntas en nuestra era son la misma pregunta.

A pesar de la emoción que genera la conexión entre personas, Internet no ha contagiado de libertad a todo el mundo. Por el contrario, el mundo es menos libre y, en gran medida, debido a la web.

En el 2005, cuando alrededor de un cuarto de la población mundial tenía posibilidad de utilizar Internet, el sentido común sostenía que una mayor conectividad significaría más libertad. Sin embargo, mientras Mark Zuckerberg definía a la conectividad como un derecho humano básico , los derechos más tradicionales estaban en declive a medida que avanzaba Internet.

Según Freedom House, cada año desde el 2005 se ha visto un retroceso en la democracia y un avance en el autoritarismo. El año 2017, cuando Internet logró alcanzar a más de la mitad de la población mundial, Freedom House señaló al año como particularmente desastroso.

Los jóvenes que alcanzaron la mayoría de edad utilizando Internet se preocupan menos por la democracia y son más comprensivos con el autoritarismo que cualquier otra generación.

También es cierto que Internet se ha convertido en un instrumento para aquellos que desean promover el autoritarismo.

El presidente de Rusia suele citar a Ivan Ilyin, un filósofo fascista que pensaba que la verdad no tenía sentido. En el 2016, bots rusos difundieron mensajes divisivos en Twitter diseñados para desalentar a un segmento de la población estadounidense de votar y/o incentivar a otro segmento de votar por el candidato presidencial preferido de Rusia, Donald Trump.

La democracia moderna se basa en la noción de un espacio público donde, incluso, si ya no podemos ver a todos nuestros conciudadanos y verificar los hechos en su conjunto, tenemos instituciones como la ciencia y el periodismo que pueden proporcionar referencias conjuntas para la discusión.

Internet rompe la línea entre lo público y lo privado al alentarnos a confundir nuestros deseos privados con la realidad externa.

Al asumir que Internet nos haría más o menos racionales, hemos pasado por alto un peligro obvio: que ahora podemos permitir que nuestros navegadores nos conduzcan a un mundo en el que todo lo que nos gustaría creer es cierto.

Cuando realizamos una búsqueda en Internet, nos encontramos con una empresa que ha ejecutado algoritmos sobre nuestras preferencias y, por lo tanto, nos presenta una versión de la realidad que nos conviene.

Tradicionalmente, hemos pensado en la inteligencia artificial como una especie de rival de nuestra propia inteligencia que corre en paralelo. Lo que realmente está sucediendo no es que caminen ambas inteligencias sobre rieles independientes. Por el contrario, ambas inteligencias interactúan. Algo más, su interacción nos puede convertir en seres estúpidos.

En la famosa prueba de Turing, diseñada para determinar si un programa de computadora puede convencer a un ser humano de que también es un humano, las personas escépticas articulan preguntas difíciles para imposibilitar una respuesta afirmativa.

En lugar de probar la existencia de la racionalidad en los programas de computadora, reconocemos antes que nada a nuestra racionalidad como principio básico para sentirnos bien con nosotros mismos.

Saber mentir

La democracia depende de una determinada idea sobre la verdad: no una confusión o desorden de nuestros impulsos, sino una realidad independiente visible para todos los ciudadanos.

El autoritarismo surge cuando las personas combinan la verdad independiente con lo que quieren escuchar.

Así inicia la política de espectáculo, donde ganan los que mienten mejor.

Trump entiende esto muy bien. Como empresario fracasó, pero como político es exitoso porque entendió la forma en que puede seducir. Al difundir deliberadamente la irrealidad a través de la tecnología moderna, sus tuits diarios reflejan su desprecio hacia algunos de sus rivales erosionando la noción de hechos comunes.

En el fascismo, el sentimiento es lo primero. Los fascistas de los años 20 y 30 querían echar abajo los principios de la Ilustración para convertir a las personas como miembros de una tribu.

Lo que importaba era crear una historia de nosotros en contra de ellos para detonar una política de confrontación. Los fascistas propusieron la idea de que el mundo es dirigido por conspiradores cuya misteriosa influencia debía romperse mediante la violencia.

Esto podría ser logrado a través de un líder (führer, duce) que le habló directamente a la gente, sin necesidad de leyes e instituciones. El totalitarismo significaba la dominación de todo, sin respeto por lo privado y lo público.

Internet ha revivido los hábitos mentales fascistas. Los teléfonos inteligentes y las noticias estructuran la atención para que no podamos pensar con claridad.

Sus programadores recurren deliberadamente a tácticas psicológicas para mantenernos en línea en lugar de pensar. ¿Sacar tu teléfono 80 veces al día es realmente una elección libre?

Investigadores revelan que usuarios de Internet creen que saben más; sin embargo, son menos capaces de recordar lo que creen saber.

La psicología fascista de Internet es evidente. En Facebook aparecieron noticias falsas que fueron asimiladas por electores estadounidenses para orientar su voto.

Trump utiliza Twitter para emocionar a sus seguidores sin mediación.

Como conclusión, el fascismo 2.0 difiere del original. Los fascistas tradicionales querían conquistar territorios y personas; Internet se conforma con tu alma. Las oligarquías racistas que están surgiendo detrás de Internet te quieren en el sofá, indignado o eufórico, no importa cuál.

Quieren que la sociedad se polarice.