La elección de Donald Trump fue recibida por una parte considerable de Estados Unidos con pánico. Grandes facciones de comentaristas han descrito su victoria como un desastre potencial para la nación por colocar a un racista xenófobo y payaso en la oficina oval. Un simpatizante de Hillary Clinton afuera de su hotel en Nueva York, la mañana siguiente a las elecciones, dijo: Siento un dolor físico, estoy sorprendido, estoy triste . Artículos con encabezados como Día de luto , Una tragedia americana y Autocracia: Reglas para la supervivencia han rebotado por todo el Internet. David Remnick, del semanario The New Yorker, escribió: Ésta es seguramente la forma en que el fascismo puede comenzar .

En momentos como estos, ayuda mirar a nuestro pasado para obtener un poco de perspectiva. La verdad es que hemos estado aquí antes, muchas veces, a lo largo del siglo XIX y en la memoria reciente.

En 1968 y 1980 las mismas franjas liberales, educadas y urbanas del país expresaron un miedo y una desesperación similares por el resultado, una sensación de que la nación tal como la conocían no podía sobrevivir. Y sin embargo aquí estamos, décadas más tarde, todavía enamorados de la república que estaban seguros de que estaba condenada.

Cuando Richard Nixon fue elegido en 1968, había estado en la vida pública por más de 20 años, y cultivó una reputación como un firme idealista de la Guerra Fría, inflexible, que tenía poco desprecio hacia los liberales y las élites. Abogaba por la mayoría silenciosa y tenía poco interés en las minorías. Como congresista en los años 40, encabezó el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara para erradicar a los presuntos comunistas.

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Se convirtió en el vicepresidente de Eisenhower casi por completo, debido a sus rígidas credenciales conservadoras. A veces Nixon era respetado, pero rara vez gustaba al público, sus adversarios o incluso sus aliados.

En vísperas de su elección en 1968 Estados Unidos estaba amargamente dividido y se tambaleaba al borde de la violencia. Hubo disturbios afuera de la Convención Nacional Demócrata, y el candidato proto Trump, George Wallace, fue prominente.

Cuando Nixon llegó a la oficina con un pequeño margen, los liberales y la izquierda se sintieron desesperanzados. Como el difunto senador demócrata de Minnesota, Paul Wellstone, relató en sus memorias, la reacción en su casa fue simple: Nixon es un cerdo fascista . Cuando Nixon ganó la reelección en 1972, Hunter S. Thompson recordó a los demócratas desconcertados citando el libro de Jeremías después de la debacle, diciendo que la cosecha ha pasado, el verano ha terminado y no estamos salvo . Parecían desolados durante largos años en el desierto, sin darse cuenta de que Watergate y el desalojo de Nixon eran sólo una temporada.

La elección de Ronald Reagan en 1980 fue saludada por la izquierda ni con menos dolor ni miedo. Al igual que Nixon, Reagan se postuló también como idealista de la Guerra Fría, lo cual también significó ir contra las élites que eran vistas como demasiado suaves en medio de los peligros en el extranjero y en el crimen, la anarquía y la decadencia moral en el país. Un activista de Cornell y partidario del demócrata Jimmy Carter habló por millones cuando dijo el 5 de noviembre de 1980: La elección de Ronald Reagan es un desastre para el país porque es un fascista, es una persona peligrosa . Puedo recordar vívidamente a mi profesor de historia de la secundaria caminando aturdido por los pasillos convencido de que el final de la república estaba cerca, una frase que murmuró a lo largo de los próximos días con mucha seriedad.

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Coretta Scott King confesó que estaba asustada de Reagan como presidente, preocupada de que significaría como un viento favorable para el Ku Klux Klan. Como lo observó el historiador Gil Troy, los sondeos de opinión mostraron que al electorado no le gustaban ni Reagan ni Carter, pero la vehemencia liberal hacia Reagan era particularmente aguda. ¿Les suena familiar?

Reagan atribuyó su victoria a su promesa de poner a los estadounidenses de regreso al trabajo y hacer que el país se mantuviera firme y orgulloso en la escena mundial después de las humillaciones de la invasión soviética de Afganistán y la crisis de rehenes en Irán. Cuando se le preguntó por qué ganó, dijo simplemente que cuando la gente lo miraba, se vieron a sí mismos y vieron que yo soy uno de ellos . Se podría decir lo mismo de Trump. Y, en muchos sentidos, el panorama americano mejoró bajo Reagan, como pudo haber pasado sin importar quién estaba en la oficina oval, pero eso redundó a su favor.

El crecimiento económico se aceleró; La Unión Soviética empezó a tropezar y luego se desmoronó; y el humor del público se iluminó considerablemente, incluso cuando Reagan llenó su gabinete con compinches de dudosa procedencia como Edwin Meese, en el Departamento de Justicia, y el merecidamente olvidado James Watt en el Departamento del Interior, que procedió a perseguir a mujeres y minorías que llenaban su departamento.

Usted puede discutir sobre lo destructivos o constructivos que Nixon y Reagan demostraron ser. No se puede argumentar de manera creíble que las fundaciones de la nación fueron probadas con agudeza por sus presidencias, lo cual fue precisamente lo que los liberales creyeron firmemente después de que ganaran la elección. Watergate de hecho tensó al país, pero el sistema se inclinó y no se rompió.

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Los temores de entonces y los temores de ahora suenan iguales, y, si la memoria sirve de algo, son de la misma forma iguales. Fuerzas similares estaban en juego: los hombres enojados del corazón eran el núcleo de ambas ondas electorales, el núcleo de la base de Nixon en 1968 y en 1972 y de Reagan, en 1980. También tenían un ánimo similar a los liberales y las élites y ricos de las costas y las ciudades.

Cada historia es diferente, pero hemos estado aquí antes. Tal vez no con los poderes expansivos de la Presidencia imperial posterior a la Guerra Fría, quizá no con la misma cámara de eco de las redes sociales, pero, aun así. Hemos sido amargamente divididos entre ellos y nosotros, y si Hillary Clinton hubiera ganado, 59 millones de votantes habrían sentido lo que los 59 millones de votantes sienten hoy en día: esa combinación verdaderamente agitada de disgusto y temor de quién será el próximo presidente.

Trump ha prometido alterar las normas que han gobernado Washington y ha aprovechado el oscuro cólera a un grado excepcional. Y, sí, en otros países, en otras ocasiones, ha sido el primer paso hacia un camino feo. ¿Podría ocurrir aquí? Claro que sí. Pero posible no es probable, y hemos bailado esta danza antes. Tiene el mandato de romper un sistema que de muchas maneras está roto; pocos de nosotros estamos en desacuerdo en que Washington está profundamente necesitado de algo diferente a como han sido las cosas. Hay riesgos y peligro, pero si el pasado es un prólogo, veremos que la suma de todos nuestros miedos equivale a bastante menos de lo que muchos creemos.

Zachary Karabell es estratega en jefe de Envestnet y autor de The Leading Indicators: A Short History of the Numbers That Rule Our World .

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