Tel Aviv. Silencio total... Justo a las 10 de la mañana una sirena desgarradora provocó que las actividades se detuvieran en Israel. Fue la convocatoria a un solemne y masivo minuto de silencio con que se rendía una vez más tributo a las víctimas de una de las mayores tragedias del reciente siglo: el Holocausto. Nada, ni la noticia de la muerte de Osama Bin Laden quitó protagonismo a este ejercicio con que un país entero refrendó su compromiso de no olvidar. Y, sin embargo, a lo largo de un día dedicado enteramente a recordar, la muerte del enemigo público número uno no podía pasar desapercibida porque Tel Aviv despertó viendo cómo los canales de televisión en todas las lenguas llenaban la pantalla de el mensaje en que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, anunciaba el éxito de la operación militar que mató a Bin Laden.

En Israel no hubo festejo. Sí el consenso de que se trató de un fuerte golpe al terrorismo, pero nunca el golpe definitivo que acabará con el fundamentalismo. Fue, comentaban en los cafés, el éxito de una cacería que duró casi una década, muy similar, por cierto, a la que el gobierno de Israel llevara acabo contra los autores de la matanza de atletas israelíes durante aquella olimpiada de Múnich 72.

Pero en Israel ayer nada más fue un día dedicado a no olvidar y a pensar en la próxima celebración de su independencia. El gobierno israelita mostró su beneplácito por el éxito de la operación militar estadounidense; no obstante la gente, común poco o nada dijo. Y conste que durante el día recorrí la ciudad y al caer la noche me di la vuelta por una concurrida zona de restaurantes; nada, nadie parecía estar festejando el que llaman triunfo personal del presidente Obama. Murió Bin Laden, pero la noticia de su muerte no provocó nada en tierra de su mayor enemigo: Israel.

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