Las elecciones presidenciales de Argentina renovaron por completo la composición política del país porque encumbraron a una derecha demócrata que intenta desideologizarse, debilitaron al peronismo y abrieron la puerta a una nueva generación de dirigentes.

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El país comenzó a sumirse en esta transformación el pasado 25 de octubre, cuando se realizó la primera vuelta electoral en la que la alianza Cambiemos demostró su crecimiento a nivel nacional.

La mutación política se consolidó la víspera, con el triunfo del candidato de Cambiemos, Mauricio Macri, en la segunda vuelta de los comicios presidenciales, ya que a partir del 10 de diciembre este frente electoral gobernará el país, la capital y la provincia más importante en términos políticos.

La sorpresa crucial fue la inesperada victoria que la candidata a gobernadora de la alianza opositora al kirchnerismo, María Eugenia Vidal, logró el 25 de octubre en la provincia de Buenos Aires, el distrito que el peronismo controlaba desde hacía 28 años.

Nadie apostó por el triunfo de Vidal, una joven dirigente de 42 años y actual vicejefa de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, quien protagonizó una exitosa campaña en la que buscó el voto de manera personalizada, casa por casa, y que ahora es la estrella de la política argentina.

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Además, le ayudó el desprestigio que arrastraba el candidato del gobernante Frente para la Victoria, Aníbal Fernández, el jefe de Gabinete que jamás previó la derrota.

Cambiemos, la fuerza política que a partir del 10 de diciembre gobernará al país, está dominada por el PRO, el partido que Macri fundó hace sólo 13 años basado en postulados de la derecha, aunque en los últimos años se resistió a asumir ideología alguna.

La justificación del presidente electo y de su equipo es que las etiquetas ideológicas pasaron de moda y no explican los nuevos liderazgos ni modelos políticos del siglo XXI.

Con tan poco tiempo en la vida pública argentina, el PRO ganó la jefatura de gobierno de Buenos Aires en 2007 y se metió de lleno en el escenario de poder que históricamente estuvo dividido por el Partido Justicialista (PJ, peronista) y la Unión Cívica Radical (UCR), en un sistema partidista que hoy se ha derrumbado.

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Macri fue reelecto en la capital cuatro años más tarde, y ya en su camino hacia la victoria de las presidenciales, fue crucial el acuerdo que selló con la UCR y con la Coalición Cívica liderada por la tres veces ex candidata presidencial Elisa Carrió.

El gran derrotado de este largo proceso electoral es el peronismo, ya que perdió en distritos estratégicos frente a políticos jóvenes que recién inician una carrera en el Estado y que estaban alejados de las estructuras partidarias tradicionales.

La alianza Cambiemos desplazó, por ejemplo, a un puñado de intendentes que eran conocidos como los barones del conurbano , la zona metropolitana de Buenos Aires que era considerada su territorio casi feudal.

Uno de ellos era Hugo Curto, quien recién ahora perdió la intendencia de la localidad Tres de Febrero que controlaba desde hace 24 años.

La renovación de intendentes de la alianza Cambiemos oscila desde el mediático chef Martiniano Molina, hasta Carlos Arroyo, un dirigente conocido por su xenofobia, racismo y discriminación que ahora gobernará la ciudad costera de Mar del Plata.

El fin del bipartidismo que durante décadas ostentaron el PJ y la UCR se refleja también en el reparto de poder de las provincias, ya que 14 serán gobernadas por el todavía oficialista Frente para la Victoria, la agrupación kirchnerista que se alberga en el peronismo.

La oposición al kirchnerismo gobernará las 11 provincias restantes, pero bajo las siglas del radicalismo, la alianza Cambiemos, el Frente Una Nueva Argentina, el socialismo y fuerzas netamente locales.

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