París, Fra. El sábado por la noche, la glamorosa avenida parisina Campos Elíseos era una fogata rociada por gases lacrimógenos; el domingo por la mañana, los cadáveres de los autos que fueron incendiados cubrían las calles, y los grafitis degradaban el Arco de Triunfo.

El lunes, miles de estudiantes se sumaron a las propuestas al bloquear más de 100 centros educativos en todo el país.

Esto es Francia.

De manera simultánea, miles de manifestantes han ocupado casetas de peaje, bloquearon la visibilidad de las cámaras de velocidad y detuvieron el tráfico, todo esto en varias autopistas del país.

A los manifestantes se les reconoce como los gilets jaunes, chalecos amarillos, una prenda de seguridad que todo automovilista debe de traer en la cajuela de su auto para ser usada en caso de un incidente carretero.

Al movimiento de los chalecos amarillos se le describe, en muchos casos, de manera incorrecta como “emergido de la nada”.

Es cierto que sus orígenes no son, posiblemente, los tradicionales que han proyectado a los principales partidos políticos en Francia como en el resto de Europa. Por ejemplo, los sindicatos produjeron a los socialdemócratas, y de la iglesia, en muchos países, nace la centro derecha demócrata cristiana.

El partido de Internet

En contraste, los miembros de este nuevo movimiento social, si se puede describir correctamente como un movimiento, no formaron parte de un organismo. La realidad es que han dejado su ira en las redes sociales.

Con sus orígenes en el ciberespacio, los chalecos amarillos no están vinculados a ningún partido político existente, aunque hay que decir que varios de ellos ya están tratando de subirse a su discurso. François Ruffin, un político de “extrema izquierda” un duro crítico contra el presidente francés, Emmanuel Macron, ya apareció en las marchas de los chalecos amarillos. Marine Le Pen, la líder de la extrema derecha, también se lanzó en su defensa, y algunos sospechan que sus seguidores o quizás personas con agendas aún más extremas, pudieron haber sido responsables de convertir las protestas pacíficas en París, del sábado por la mañana, en disturbios violentos el mismo día por la noche.

Queda claro que cualquier líder político que presuma vínculos con el movimiento es oportunismo, porque el movimiento en sí no ha nombrado a ningún líder. En su lugar, ha nombrado a ocho voceros que provienen de una amplia variedad de orígenes.

En lugar de una ideología o una filosofía clara, los chalecos amarillos parecen compartir un conjunto de actitudes estéticas. Están enojados por el incremento en los impuestos ecológicos que impactan en el precio de la gasolina y tampoco les agradan los límites de velocidad en las carreteras francesas.

Están enojados por varios motivos y han recargado confianza y fuerza a través de las redes sociales, plataformas de comunicación que favorecen la emoción.

¿Que se vayan todos?

Hay que reconocer que los sindicatos, las iglesias y los partidos políticos están perdiendo confianza entre la ciudadanía. Uno de los manifestantes declaró el fin de semana pasado: “Todos ustedes”, es decir, la clase política en su totalidad, extrema izquierda, extrema derecha y centrista, “ya no son necesarios”.

De lo anterior se desprende una ironía: el partido político de Macron, La République en Marche, también comenzó como un movimiento antipartidista, un refugio para las personas que ya no se identificaban con los partidos políticos tradicionales.

Así nació el partido de Macron, claro, con sus circunstancias particulares; sin embargo, después de tres años de su nacimiento, En Marche se ha convertido en un partido cuya percepción social es que ya forma parte del establishment.

La historia francesa está llena de revoluciones que han sido superadas por revoluciones aún más radicales, pero ahora la velocidad con la que ocurren estos cambios es impresionante.

También puede darse el caso de que las lealtades de la sociedad con los partidos políticos, una vez que se rompen, no se vuelvan a desarrollar con facilidad.

Bajo el nuevo entorno es muy importante generar formas de persuasión inteligentes para invitar a estos movimientos antipolíticos que surgen de manera espontánea a escenarios de debate formales y a participar en acuerdos que exige la democracia contemporánea.

También es importante evitar que los movimientos sean secuestrados por personas cuyas agendas son aún más oscuras.

Este tipo de movimientos no es exclusivo de los frances: la mayor parte del resto del mundo democrático enfrenta o enfrentará los mismos tipos de desafíos. Si los presidentes, los parlamentos, los partidos y las instituciones pueden encontrar maneras de escucharlos, incorporarlos y cambiar junto a ellos, la democracia sobrevivirá en el siglo XXI. Si no lo hacen, puede ser que ocurra lo contrario.

Macron, abrumado

A Emmanuel Macron le gusta presentarse ante el mundo como un centrista que se mantiene alejado de la ira representada por los partidos ultras. Pero en casa, se ha convertido en un político de bajo perfil, cuyo riesgo es perderse en medio de la bruma que representa la creciente rebelión.

El pasado martes tuvo que echar abajo el incremento del precio de la gasolina.

“Ningún impuesto vale la pena cuando se pone en peligro la unidad de la nación”, dijo el primer ministro Édouard Philippe al anunciar la medida.

La eclosión de los chalecos amarillos ocurrió en la ciudad de Besancon, una zona rural a lo largo de la frontera con Suiza. Sus habitantes vieron al nuevo impuesto como un golpe duro contra su estilo de vida. “Vivimos en la ladera de una montaña”, expresó uno. “No hay autobús o tren para llevarnos a ninguna parte. Debemos tener un coche”.

¿Crecerá el movimiento?