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Cada cuatro años todos los ojos están puestos en un evento que definirá la suerte de la geopolítica mundial -en muchos niveles- los cuatro años consecuentes: las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

La economía y la seguridad son los argumentos que fundamentan las plataformas políticas en todas las naciones, pero hoy en día, como hacía mucho no pasaba, el tema que pesa en la mente de la gran mayoría de estadounidenses es la economía. El año inaugural de Obama en la Casa Blanca, vio una alarmante contracción de la economía del país con un PIB de -8.9% y las cifras más altas de desempleo en años, que alcanzaron un 10%. Esta recesión apaleó la imagen de la Presidencia de quien fuera en el 2008 el candidato de la esperanza y el cambio hacia un futuro mejor para Estados Unidos.

Si bien las cifras económicas de la aún nación más poderosa del mundo son un lastre para la campaña de Obama por la reelección, el camino para lograr la extensión de su proyecto cuatro años más no ha sido uno de tremendas dificultades, impuestas por el Partido Republicano. Las primarias por la nominación del retador presidencial de este año lucieron más bien como una especie de mero trámite para que el ex gobernador de Massachusetts, Mitt Romney, se alzara como el candidato oficial del partido. Al final, la contienda entre Romney y el ex senador por Pensilvania, Rick Santorum, que se antojaba como un duelo entre dos cosmovisiones conservadoras que llegaría hasta el final del proceso de nominación, culminó con la renuncia de Santorum debido al estado de salud de su hija más pequeña, Bella.

La temprana prospección de Romney, así como la brevedad de las primarias, le permitieron enfocar sus ataques en contra del desempeño de Obama en la Oficina Oval, lo que le significó la oportunidad de presentarse como la alternativa que lograría el resurgimiento económico de Estados Unidos. Ésta es una situación que Romney ha sabido aprovechar y quedó demostrado en el primer debate presidencial.

Pese al enorme foco de atención que representa la economía en las preocupaciones comunes de los estadounidenses, existen otros factores que no favorecen al republicano en su principal estrategia. Ha sido evidente que la inexperiencia en política exterior de Romney, su incapacidad para conectarse con la clase media y los pobres de Estados Unidos, la antipatía que genera en ciertos sectores de la población –léase mujeres solteras, afroamericanos, homosexuales y latinos- y sus puntos de vista radicales con respecto del que bautizó como Obamacare , han hecho una mella aparentemente insalvable en la popularidad del republicano.

Con poco menos de un mes para que concluya la campaña, nada es aún definitivo para ninguno de los dos candidatos. Las encuestas seguirán variando semana a semana –no por mucho-, aun faltan dos debates presidenciales, además de las situaciones que pudieran presentarse para cambiar la decisión de los estadounidenses (pensemos en las declaraciones del aspirante a senador por Missouri, Todd Akin, acerca de que pocos embarazos ocurren de una violación legítima como un ejemplo de éstas últimas). Incluso, cuando el pragmatismo de la situación económica pueda llegar a influir en un voto razonado, no se debe olvidar que sin importar los antecedentes culturales ni la nacionalidad de los votantes, todos se identifican a nivel emotivo con la plataforma de uno u otro candidato y es difícil cambiar de opinión.

Lo cierto es que ante el escenario donde una campaña de reelección que aparentaba estar en la bolsa y no lo está. Y otra por la Presidencia que ha nadado a contracorriente y seguramente continuará haciéndolo. Se puede esperar un cierre enérgico en uno de los eventos que pudiera considerarse como el Super Bowl de la política mundial.

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