San Salvador. En una pequeña casa de bloques de cemento, en un barrio asolado por la guerra entre pandillas, Stefanie Ramírez escuchó como el médico que frotaba su vientre de embarazada hablaba suavemente sobre lo que le estaba sucediendo a su hijo por nacer y a su país.

Ramírez contrajo el virus del zika sin dolor, sin experimentar fiebre, solamente tuvo una erupción menor en el vientre. Desde entonces, Ramírez ha estado entre las 122 mujeres embarazadas en todo El Salvador que reciben visitas médicas regulares para detectar signos tempranos de la microcefalia.

Este pequeño país centroamericano demuestra por qué la enfermedad transmitida por mosquitos va a ser difícil de detener. En el mapa de los barrios marginales, hay bloques donde ocho de cada 10 casas son sitios para la reproducción de mosquitos.

La ciudad es un mosaico de territorios de pandillas rivales que se defienden con tanta fuerza que las autoridades sanitarias no pueden entrar en algunos barrios.

En tan sólo las tres primeras semanas de enero, El Salvador registró 2,474 nuevos casos sospechosos de zika: casi la mitad de ellos en la capital. Los médicos están preocupados de que los mensajes básicos de salud pública no están llegando a su público.

Muchos residentes ignoran la recomendación de destruir los criaderos de mosquitos mediante la eliminación de agua estancada, a pesar de que El Salvador ha sufrido repetidos brotes de dengue y chikungunya, fiebres transmitidas por el mismo tipo de mosquito que transporta el virus zika.