Fue su primer encuentro con el nuevo Presidente y la docena de líderes judíos elegidos para asistir habían llegado a un acuerdo: no discutir, ya sea entre sí o con su anfitrión.

La promesa sería difícil de mantener.

Durante la reunión en la Sala Roosevelt el 13 de julio del 2009, hubo una creciente preocupación debido a Obama.

De una manera muy pública, el Presidente había pedido al gobierno de Israel detener la construcción de asentamientos judíos en Cisjordania y el este de Jerusalén, con la esperanza de que el sacrificio político de los dirigentes israelíes llevaría a los palestinos a la mesa de la paz. En El Cairo, incluso había llamado a la persistente construcción israelí en las tierras que los palestinos ven como su futuro Estado ilegítima .

De acuerdo con tres personas presentes en la reunión y sus apuntes, Obama buscó tranquilizar a los asistentes escépticos diciéndoles: No piensen que no comprendemos los matices de los temas que actualmente ocurren. Sí lo hacemos .

Quería restaurar la reputación de Estados Unidos como un mediador creíble. Para ello, creía que necesitaba recuperar la confianza árabe y hablarle duro a Israel, públicamente y en privado.

Éste fue el cambio que Obama había prometido; un nuevo enfoque para los viejos problemas. Pero el silencio de asombro en los líderes judíos ese día sugirió el peligro político al que se enfrentaría Obama a lo largo del camino.

La forma en la que Obama manejó el tema israel-palestino exhibió muchas de las características que han definido su primer mandato. Todo comenzó con una apuesta por un cambio histórico. Pero fracasó al final por sus errores de apreciación política y táctica, por la falta de relaciones de confianza y por la anticuada concepción de un conflicto comunicada por muchos de sus asesores más cercanos. Dichos asesores, veteranos del tema de paz en Medio Oriente, se enfrentaron entre sí sobre las tácticas y el territorio.

Los prolongados trazos del conflicto, cuya resolución Obama elevó al grado de un vital interés de seguridad nacional para Estados Unidos , lo hicieron particularmente resistente a los predilectos métodos diplomáticos. Sus apelaciones a los intereses comunes de los países en guerra y paz han logrado cierto éxito, particularmente en África, el sudeste de Asia y América Latina.

Pero el conflicto palestino-israelí, obsesionado por el Holocausto y la injusticia percibida por un territorio palestino perdido en guerra, resistió el natural dar y recibir de la negociación con el que Obama contaba. Se trata de un conflicto más ligado a la política interna que cualquier otra cuestión de política extranjera.

La incapacidad de Obama para reunir a los israelíes y palestinos es especialmente problemática hoy, mientras el Medio Oriente árabe se reforma e Israel, más aislado que nunca, considera un ataque militar contra Irán.