Donald Trump capturó la Casa Blanca al ganar estados cruciales como Florida, Ohio y Carolina del Norte: una notable muestra de fortaleza del multimillonario que transformó la política estadounidense con su retórica agresiva y exhortos a un amplio cambio en Washington DC.

A medida que la contienda avanzaba más allá de la medianoche, Trump alcanzó lentamente los 270 votos electorales necesarios para ingresar a la Casa Blanca.

En su primer discurso como virtual presidente, prometió gobernar para todos los estadounidenses, además de trabajar para reconstruir al país.

Agregó que cuenta con un plan económico que reforzará las finanzas de la nación. Aprovechó el momento para hacer un reconocimiento a Hillary Clinton.

Trump gobernará con un Congreso totalmente controlado por los republicanos. La ruta de los demócratas para recuperar la mayoría en la Cámara Alta se hacía más angosta a medida que los republicanos se aferraron a escaños cruciales en Carolina del Norte, Indiana y Florida. Los republicanos también ampliaron su control de la Cámara de Representantes.

Clinton se quedó con Nevada, Virginia, Colorado, California y Maine.

Trump, empresario de bienes raíces de Nueva York que vive en Manhattan, forjó una sorprendente conexión con estadounidenses blancos de clase obrera que sienten haberse quedado atrás en un país con una economía cambiante y cada vez más diversificada. Presentó a la inmigración como la raíz de muchos de los problemas que afectan al país y prometió la construcción de un muro en la frontera entre Estados Unidos y México.

Sin embargo, el presidente número 45 de Estados Unidos llegará a la Oficina Oval con una larga lista de retos: impulsar la economía; proteger la seguridad nacional; resolver los espinosos problemas de la inmigración y el cuidado de la salud, aunado a los rencores y traumas que dejó la campaña presidencial.

Los obstáculos para el nuevo presidente son enormes: el sistema político está roto; el fondo de comercio ha desaparecido y existe una desconfianza y hostilidad tan frecuentes durante toda la campaña como telón de fondo. En los últimos años, los resultados de las elecciones presidenciales logran tener un sentido de esperanza. Esta vez, incluso antes de iniciar las votaciones, los candidatos se mantenían en la línea de la batalla.

Para la mayoría de los estadounidenses, la campaña del 2016 fue un concurso largo y desalentador que puso a prueba la fuerza y la resistencia de una nación profundamente dividida.

Ésta fue una elección sobre los fundamentos y principios, sacando a la superficie una discusión mordaz sobre los valores y creencias que sirven como base de toda sociedad. Fue una elección que implicó grandes cuestionamientos sobre la raza, el género, la religión y la desigualdad económica, así como sobre la relación entre un gobierno central y el pueblo cada vez más desconfiado. Se puso de relieve la brecha entre las élites de la sociedad políticas, económicas y culturales y el resto de la población.

Por encima de todo, fue una campaña acerca de la identidad de una nación. En su mejor momento, esto puede producir discusiones sobre lo que hace grande a esta nación. En el peor de los casos se puede dar voz al racismo y la misoginia, el antisemitismo y la intolerancia religiosa.

Trump generó gran parte de esto con sus palabras y acciones. El empresario de Nueva York ofendió a los hispanos, a los musulmanes y a las mujeres. Insultó a un veterano prominente y exprisionero de guerra y a un reportero, discapacitados. Era imprudente con sus palabras e indisciplinado como candidato. No tenía ninguna ideología fija y contaba con poco dominio de aquellos temas que debe dominar cualquier presidente. Dividió a su propio partido y despreció a sus líderes.

Sin embargo, él atrajo a un ejército de seguidores leales.