Los presidentes Trump y Xi Jinping llegaron a un acuerdo durante el pasado fin de semana en la reunión del Grupo de los 20 en Argentina sobre el ámbito comercial que retrasará la imposición de nuevos aranceles estadounidenses.

Aunque es importante, este paso no desaparece ninguna de las tensiones fundamentales en la relación económica entre los dos países.

Pocos observadores dudan de que China debe realizar cambios significativos para cumplir con las normas internacionales, por ejemplo, en áreas como la propiedad intelectual, los derechos de los inversionistas extranjeros y los subsidios a las empresas estatales.

Cuando los gobiernos extranjeros superan sus frustraciones con el gobierno de Trump, reconocen que ellos también están frustrados con las prácticas comerciales chinas.

Sin embargo, también es fácil  simpatizar con los líderes chinos cuando dicen que las negociaciones comerciales deberían centrarse en generar oportunidades bajo la premisa de ganar-ganar, dejando atrás las cuestiones ideológicas.

Para armar una estrategia comercial estadounidense frente a China se encuentra un hecho incómodo: supongamos que China cumpliera con todas las reglas de comercio e inversión y que también estuviera tan abierta al mundo como lo están varios países. China crecería más rápido porque se ha reformado mucho más rápido.

Del mismo modo, no se puede argumentar seriamente que las prácticas de comercio desleal por parte de China han afectado el crecimiento de Estados Unidos. Esto no quiere decir que China no sea una amenaza para el orden internacional.

Veremos efectos sísmicos cuando Estados Unidos sea superado por China después de un siglo como la economía más grande del mundo. Si Estados Unidos pierde su liderazgo en la próxima década en áreas de tecnología de la información, inteligencia artificial y biotecnología, el trauma se magnificará. Aunque esto último no será tan sencillo.

¿Puede Estados Unidos imaginar un sistema económico global viable en el 2050 en el que su economía represente la mitad del tamaño de la china? ¿Podría un líder político reconocer esa realidad de una manera que permita la negociación en la actualidad sobre cómo sería ese mundo?

Éstas son preguntas difíciles sin respuestas obvias. Pero esa no es una excusa para ignorarlas y enfocarse sólo en frustraciones a corto plazo.

Trump, a pesar de todos sus errores, tiene la atención fija en temas económicos de China,  sus predecesores no lo hicieron.