De acuerdo con el Banco Mundial, para el año 2030 se requerirán 600 millones de empleos que permitan absorber a los jóvenes que ingresarán al mercado laboral.

La capacidad que tengan los distintos ecosistemas emprendedores a lo largo del mundo condicionará en gran medida la respuesta ante semejante reto.

Uno de los caminos más frecuentados por gobiernos y actores afines al sector emprendedor ha sido la sistematización en la generación de empresas, ya sea a través de políticas públicas, incentivos económicos o la generación de centros especializados en emprendimiento. Durante la Semana del Emprendimiento Masivo y la Innovación 2019, celebrada el pasado Junio en Hangzhou, China, el premier Li Keqiang reafirmó el compromiso del gobierno chino en la promoción masiva para la generación de nuevas empresas, la cual hasta la fecha ha provocado la aparición de 120 centros de emprendimiento que involucran universidades, institutos de investigación y empresas. Como resultado de estos esfuerzos, sólo en el 2018 se crearon 6,700 empresas de base tecnológica y se generaron 710,000 nuevos empleos, lo cual representó un incremento de 30% respecto del año previo.

Podemos asumir que la producción en serie de empresas es el vehículo más eficaz para generar prosperidad económica y social. Sin embargo, no podemos ignorar que el emprendimiento viene fuertemente ligado al fracaso. De acuerdo con el Instituto del Fracaso, en México 75% de las nuevas empresas no sobrevive los 2 años de operaciones. Esto se debe mayormente a la falta de conocimientos asociados a las finanzas, administración, planeación estratégica o a la incapacidad de acceder a financiamiento. La tecnificación —en gran parte liderada por las universidades a través de sus incubadoras y aceleradoras— ayuda a subsanar estas deficiencias. Sin embargo, no suele ser suficiente.

De acuerdo con el profesor Jeffry Timmons, el espíritu emprendedor “no es sólo una cuestión de crear nuevas empresas, generar empleo, ni de innovación, ni de creatividad (…) También se trata de fomentar un espíritu humano ingenioso y de mejorar a la humanidad”. Es en este apartado donde radica la gran oportunidad que hoy tenemos las universidades y cualquier centro de emprendimiento de evolucionar la experiencia de formación de las nuevas generaciones de emprendedores.

La capacidad para comprender objetivamente la realidad, tomar decisiones, asumir la responsabilidad respecto al propio aprendizaje y la construcción de redes es inherente a cada emprendedor y no puede ser enseñada desde una perspectiva tradicional centrada en la técnica. Es imperativo fomentar una cultura emprendedora en todo nuestro sistema educativo que permita el desarrollo de los conocimientos, las actitudes y las habilidades requeridas para transformar nuestra realidad.

Sistemas educativos de referencia como el finlandés han entendido que preparar a las nuevas generaciones requiere replantear los modelos de enseñanza actuales. Como ejemplo, el aprendizaje basado en fenómenos (PhenoBL) centra la enseñanza en presentar eventos holísticos reales, creando mejores oportunidades para integrar diferentes materias y temas, así como el uso sistemático de métodos pedagógicamente significativos, tales como el aprendizaje por indagación, el aprendizaje basado en problemas y el aprendizaje basado en proyectos. El dominio que logren desarrollar los estudiantes, en especial los universitarios, a lo largo de su trayectoria académica ciertamente les permitirá tener una mejor comprensión del entorno y les habilitará a traducir mejor sus ideas en soluciones, muy similar a la experiencia de aprendizaje vivencial de un emprendedor.

En definitiva, nuestro gran reto como académicos es integrar estas experiencias de aprendizaje enriquecedoras y significativas que permitan a nuestros emprendedores no sólo ser competentes para asumir su rol como empresarios, sino también para arraigar la vocación de convertirse en agentes de cambio.

Carlos Soberanes Collado es Director del Xponential Lab de la Universidad Panamericana.