La corrupción se frena arrojando luz sobre aquello que estaba previamente en las sombras.

Paul Wolfowitz, político estadounidense

En nuestro país desde hace muchos años es escandaloso el nivel de corrupción que permea en todos los niveles y esferas del gobierno y de la sociedad.

La mayor parte de la sociedad tiene la percepción, completamente fundada, que los eventos públicos y evidentes de corrupción prácticamente nunca son castigados y que cuando eventualmente ocurre, no hay una reparación efectiva del daño a las instituciones y a la sociedad que resultaron defraudadas.

El crecimiento de la corrupción ha sido exponencial. Está en la base de la falta de Estado de Derecho, que es central en casi cualquier problema que analicemos. Alcanza todo los niveles de gobierno; atraviesa el sector público al igual que el privado y ha creado una dualidad en la que, por un lado, la corrupción como nunca es señalada y reprobada ampliamente por la sociedad, pero, simultáneamente, se presenta cotidianamente sin ningún freno, alcanzando niveles de cinismo en los que cualquier señalamiento personal se descalifica argumentando un complot político sin aclarar la acusación o mediante explicaciones absolutamente inverosímiles frente a la evidencia de riqueza no acorde con los ingresos públicos (todos resultan ser herederos de riqueza hasta ahora desconocida y son capaces de comprar propiedad, relojes de medio millón de pesos, sin mediar explicación legal y creíble alguna).

Pero por más que pretendamos centrar la corrupción en partidos y políticos, finalmente, ésta es un fenómeno derivado de la conducta de personas y no está limitada por ideologías o afinidades políticas.

Pareciera que vemos como seres humanos con condiciones especiales (y particularmente despreciables) de personalidad única, a quienes cometen los más escandalosos actos de corrupción; sin embargo, mayoritariamente se trata de personas comunes que, en un entorno permisivo y contexto propicio y favorecedor, desataron toda su capacidad para cometer actos ilegales.

Haciendo una interpretación libre análoga, Hannah Arendt, teórica política judeo alemana, acuñó el término la banalidad del mal para tratar de explicar cómo personas aparentemente normales pudieron cometer actos inmorales y bárbaros durante la Segunda Guerra Mundial, estudiando particularmente el caso de Adolf Eichman.

La premisa del concepto es que no se necesita ser un monstruo con características de personalidad anormales para que, en entornos que justifiquen de forma anómala y propicien las conductas inmorales, las personas incurran en esos actos.

En México, el arreglo institucional hoy propicia todas las condiciones para favorecer la corrupción. No existen mecanismos de supervisión efectivos y los existentes son creados y manipulados desde los propios grupos políticos, que tienen nulo interés en crear condiciones que les permitan, castigar a sus propios integrantes y/o frenar el margen de maniobra que tienen cuando ocupan cargos de poder.

Hoy la corrupción ha crecido incluso cuando existen mecanismos institucionales que se crearon para propiciar una mayor transparencia. Los mecanismos de control y seguimiento administrativo para impedir los actos de corrupción son de en la práctica inoperantes y, simultáneamente, los canales y mecanismos legales y penales para perseguir y castigar de forma puntual y expedita los actos de corrupción, son rígidos, caducos e ineficientes.

En el estudio A Developmental Behavioral Analysis of Dual Motives, Role in Political Economies of Corruption, de Sara Nora Ross se detalla cómo los vínculos sociales, el establecimiento de networks y mecanismos de reciprocidad (el yo rasco tu espalda y tú rascas la mía tan frecuente entre políticos), son sistemas sociales que, en ausencia de mecanismos reales de control, favorecen la corrupción; limitando seriamente su combate simplemente a través de la expedición de leyes y ordenamientos.

Por su parte, en el estudio Preventing Corruption by Promoting Trust, Johann Graf Lambsdorff señala que la evidencia experimental muestra que los mecanismos contra la corrupción centrados fundamentalmente en controles y sistema de supervisión rigurosas (normas y reglamentos) tienen típicamente un desempeño deficiente para combatir efectivamente la corrupción.

Por el contrario, los métodos centrados en incrementar efectivamente y de forma simple la transparencia, que favorecen la genuina participación de la sociedad a través de la expresión pública y posibilitan mecanismos de delatores confidenciales , son mecanismos más efectivos.

El efecto de la corrupción en nuestro país es brutal en todos los niveles. Se pierde riqueza económica, capacidad de crecimiento y confianza institucional, que a su vez favorece el incumplimiento de normas por parte de la sociedad. Combatirla no es deseable; es imperativo.

El autor es politólogo, m0ercadólogo, especialista en Economía Conductual y director general de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo. Síguelo en

Twitter: @martinezsolares