Ya en la primera parte hablamos de cómo la etapa de vida que estamos viviendo, así como las necesidades que surgen de ella influyen de manera determinante en la forma en que debemos invertir nuestro dinero. Algunos de los periodos más comunes por los que muchos tendremos que transitar son:

1 Cuando estamos estudiando. En esta etapa pocas veces nos surge la necesidad de ahorrar, a menos que tengamos que hacerlo para obtener un bien tal como un automóvil o un reproductor de mp3, por ejemplo. Sin embargo, es muy importante que desde este momento nos empecemos a formar una disciplina de ahorro, independientemente de las necesidades que tengamos. Una forma de hacerlo consiste en separar 10% de lo que recibimos y guardarlo en una alcancía o en una cartera dentro de un cajón. Después de un poco de tiempo, veremos que hemos logrado una suma respetable.

2 Cuando salimos de la universidad y encontramos nuestro primer trabajo. En esta etapa es muy importante hacer dos cosas:

a) Comenzar a construir nuestro fondo para emergencias.

b) Establecer nuestro propio fondo para el retiro con contribuciones mensuales (no importa qué tan pequeñas sean, pero para formarnos el hábito). Esto es primordial en esta etapa: mientras más pronto lo hagamos más disciplina tendremos, ya que estaremos siempre acostumbrados a esto y a no disponer, por ningún motivo, de esta parte de nuestro ingreso.

Si nuestro salario lo permite, es bueno destinar 10% del mismo a cada objetivo (es decir, 20% en total). Si no es posible, entonces por lo menos destinar la décima parte a ambos objetivos (5% para el primero, hasta que tengamos un fondo para emergencias que cubra entre tres y seis meses de nuestro gasto neto mensual y 5% para el segundo).

3 Cuando obtenemos nuestra primera promoción o incremento sustancial en el salario (por arriba de la inflación). En este momento es importante no perder la cabeza y continuar invirtiendo para los dos objetivos anteriormente señalados. El excedente lo podemos invertir para un tercer objetivo: ahorrar para comprarnos un coche o para el enganche de un departamento. Es importante que no gastemos el excedente en incrementar sustancialmente nuestro gasto–nivel de vida. Aún no es tiempo: la paciencia premia y lo hace en grande.

4 Cuando tenemos planes de boda. Esto en sí mismo se convierte en un objetivo de inversión. Es importante hablar con nuestra pareja: definir juntos qué tipo de boda queremos, cuánto cuesta, en cuánto tiempo queremos casarnos, etcétera. Después, determinar cuánto puede contribuir cada quién a ese objetivo. Es importante no olvidar guardar un capital para comenzar con algo y no gastar todo en la fiesta o en la luna de miel.

5 Cuando queremos tener un hijo. Con esa decisión necesariamente tenemos que modificar nuestro gasto. Es decir, desde el inicio de un embarazo debemos comenzar a comprar ropita, mamilas, etcétera. Y también separar el dinero que tendríamos que usar para pañales, alimentos, entre otras cosas. De esta forma, el impacto no será tan fuerte. Al momento de que el pequeño nazca, es importante pensar en garantizar su educación a través de un seguro educacional o un plan de ahorro e inversión establecido para tal efecto, complementado desde luego con un seguro de vida para proteger los objetivos de nuestra familia a mediano plazo.

6 Un cambio en nuestra situación laboral. Si la empresa en la que laboramos decide prescindir de nuestros servicios, en ese momento es muy importante reducir al mínimo nuestros gastos discrecionales. Paremos las contribuciones a nuestro ahorro para el retiro, recortemos cosas como televisión satelital o comidas en restaurantes. Un buen fondo para emergencias puede ayudarnos ya que si tenemos dinero suficiente en él, podríamos invertir parte de nuestra liquidación en un negocio propio.

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